19 octubre, 2026

Cuando la Ley pesa sobre la espalda de otro

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A muchos les gusta hablar de la Ley, siempre y cuando esté sobre la espalda de otro.
Hay una escena en el evangelio que debería incomodarnos. Una mujer llevaba dieciocho años encorvada. Dieciocho años viviendo con una condición que había limitado su vida, mientras quienes estaban alrededor aparentemente habían aprendido a convivir con ella.
Hasta que Jesús la vio. La llamó, puso las manos sobre ella y la enderezó.
Entonces ocurrió algo revelador: quienes conocían la Ley no celebraron la restauración de aquella mujer. Se indignaron porque Jesús había sanado en sábado.
Y Jesús les respondió señalando su contradicción: podían desatar un buey o un burro para llevarlo a beber, pero cuestionaban que una «hija de Abraham» fuera desatada de una atadura que había soportado durante dieciocho años.
El problema ya no era solamente la enfermedad de aquella mujer. El problema era una religiosidad que podía defender una norma mientras dejaba a una persona encorvada.
Porque a veces resulta más fácil defender una estructura que mirar a los ojos de quien está sufriendo bajo ella.
Es fácil hablar de deberes cuando son otros quienes deben cumplirlos. Es fácil exigir sacrificios cuando no somos nosotros quienes cargamos con ellos. Es fácil convertir una interpretación en una regla universal cuando no somos nosotros quienes tenemos que vivir debajo de su peso.
A muchos les gusta hablar de la Ley, siempre y cuando esté sobre la espalda de otro.
Pero la Ley de Dios no debía convertirse en una piedra sobre la espalda de una mujer.
Y esto no significa que la verdad, la justicia o la responsabilidad deban desaparecer. Significa que ninguna interpretación de la verdad puede utilizarse para justificar la indiferencia frente al sufrimiento humano.
Jesús no ignoró la Ley. Confrontó a quienes habían perdido de vista su propósito mientras la utilizaban para impedir que una mujer fuera restaurada.
Por eso la llamó hija de Abraham. Antes de ser una mujer encorvada, era una hija. Antes de ser definida por su condición, tenía una identidad. Antes de ser vista como una carga, Jesús la vio como una persona digna de ser desatada. Y quizá esa sea una pregunta que todavía necesitamos hacernos: ¿Qué cargas hemos aprendido a llamar normales?
¿Cuántas mujeres llevan años encorvadas por costumbres que nadie se atreve a cuestionar? ¿Cuántas han cargado con interpretaciones, expectativas, instituciones o relaciones que les exigen soportar aquello que nunca debieron soportar solas?
Hay una diferencia entre pedirle a alguien que viva conforme a la verdad y obligarlo a permanecer encorvado bajo una carga que hemos decidido llamar verdad.
Jesús sigue mirando a la mujer encorvada y cuando la ve, no le dice que se acostumbre a vivir así. La llama, la toca y la endereza.
Tal vez la verdadera pregunta para quienes hablamos constantemente de la Ley no sea cuánto sabemos de ella, sino si nuestra manera de interpretarla está haciendo que las personas levanten la mirada hacia Dios o que permanezcan con la espalda doblada bajo nuestras cargas.
Porque si podemos defender una norma y perder la misericordia, podemos estar muy cerca de la letra y muy lejos del corazón de Dios.
Jesús vino a enderezar a los que otros habían aprendido a ver encorvados.
Lucas 13:15-17 Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en el día de reposo] su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo? Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él.
¿Cree esto? Hable con Dios, lea la Biblia y descúbralo. Solo la Verdad nos hará verdaderamente libres.
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