dom. May 10th, 2026

Roel Guajardo Cantú

Ya resulta un lugar común señalar que vivimos uno de los momentos de la historia de la humanidad en que la velocidad de los avances científicos y tecnológicos resulta tan impresionante, tan demandante para todos, que la sociedad se ve sometida a cambios que en otros escenarios hubieran requerido más tiempo, décadas quizá, en ser asimilados, lo que resulta en turbulencias para todas las instituciones, incluyendo, por supuesto, las educativas en las cuales nos desempeñamos.

Sin embargo, si hoy sentimos que el vértigo de la innovación científica y tecnológica nos arrastra, quizá deberíamos ser conscientes de que la velocidad de la innovación no hace sino acelerar y así se mantendrá por un tiempo, por lo menos hasta que la capacidad de cómputo alcance un límite, momento el cual, dado que está ya casi a punto la computación cuántica, se antoja lejano.

Es cierto que existen posturas encontradas como las de Yuval Noah Harari, quien es un optimista en el sentido de que considera que los avances científicos continuarán casi de forma indefinida y las de autores como Jesús Zamora Bonilla, quien señala que habrá un límite al crecimiento de la innovación debido a que la tecnología también tendrá límites físicos en su desarrollo.

Pero, dado que la labor de los docentes y las instituciones educativas se encuentra circunscrita al horizonte en el cual la capacidad de cómputo continuará creciendo, debemos prepararnos para las turbulencias que, desde el flanco de la ciencia y la tecnología recibiremos en nuestro ámbito.

Las instituciones educativas, todas, especialmente aquellas que se a la formación para el trabajo, habrán de ajustar su quehacer a esa realidad de acelerado crecimiento de la ciencia y la tecnología. Hablamos de un ajuste que implica cambios importantes en un tipo de organización que requiere tiempo para cambiar, un tiempo del cual, básicamente, no se dispone.

Instituciones como Conalep, las de Formación para el Trabajo y las universitarias que forman a sus alumnos para enfrentar el mundo laboral, un mundo que cambia cada corto tiempo, el que tarda en que se adopte una nueva tecnología, lo cual tratándose de las tecnologías informáticas puede contarse en meses, en tanto que la labor educativa se contabiliza en años.

Precisamente por ello es por lo que las instituciones deben convertirse en ejemplo de organizaciones ágiles, modernas y sí, tecnológicamente avanzadas, para responder a las necesidades no de la industria, aunque también habrá que hacerlo, sino de los alumnos, que en caso de que no lo hagamos, resultarán perjudicados.

Si, como lo señala Klaus Schwab, presidente del Foro Económico Mundial y autor de “La cuarta revolución industrial”, el avance de la tecnología es tan impresionante y seguramente aumentará por lo menos en los próximos años, quizá estemos viviendo el amanecer de una nueva revolución industrial, que se verá reflejada en la tecnología cuántica y el llamado Internet de las Cosas.

Debemos formar alumnos capaces de enfrentar la realidad, una realidad cambiante, azarosa, demandante y eso solo pueden hacerlo en la medida en que su formación sea tal que se los permita.

Sí, nuestros alumnos deben saber hacer cosas puntuales, programar por ejemplo, utilizar los más modernos paquetes informáticos, las tecnologías que priman en la industria, pero al mismo tiempo deben ser capaces de mantenerse en constante proceso de capacitación, actualización de reinventarse a lo largo de la vida como lo afirma Yuval Noha  Harari; de alguna forma ser autodidactas, saber dónde pueden obtener la certificación que necesitan a la velocidad que la requieren una vez que han concluido su formación escolarizada.

Por ello es, por lo que en Conalep se impulsa la Cultura de la Certificación como uno de los ejes de la oferta educativa, al mismo tiempo se ha hecho de la Educación Dual otro de esos ejes, así como la agilidad en los cambios curriculares uno de los instrumentos para la mejora continua de esta institución.

Por lo que respecta a la Cultura de la Certificación es necesario subrayar que hoy por hoy las empresas de la llamada Cuarta Revolución Industrial están más interesadas en lo que los jóvenes que tocan a sus puertas saben hacer, que en los títulos que puedan tener. Ello por supuesto no quiere decir que hoy los títulos no importan, sino que debemos interpretarlo como que lo importante es lo que en la práctica los jóvenes saben o no saben hacer en función de las tareas, que deberán desempeñar en las empresas en que trabajarán y no tanto el grado académico que tengan.

El futuro del trabajo lo que demanda y demandará de los jóvenes egresados es el manejo de competencias y el dominio de habilidades certificadas por instituciones reconocidas, saberes que vayan en correspondencia con una realidad que cambia de forma muy vertiginosa.

Por supuesto que hoy vivimos un periodo en el cual aún los títulos importan, pero consideramos que es un periodo de transición hacia una etapa en la cual la certificación puntual y la capacidad de aprendizaje sustituirán al llamado “credencialismo”.

Las instituciones de formación para el trabajo y las universidades deben de ser instituciones agiles, moverse rápido, actualizar continuamente su oferta educativa y proporcionar cursos cortos certificados, a fin de no constituirse en fábrica de desempleados que formen profesionistas para un mudo que no existe.

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