Gerson Gómez
En Puebla, el cielo amaneció con ese tono indeciso entre fiesta y tragedia que tanto le gusta a la historia cuando planea hacer de las suyas.
5 de mayo de 1862, pero también parecía domingo de mercado: olor a pan, a tierra húmeda y a algo más.
Quizá orgullo inflado o miedo disimulado. Nadie lo sabía con certeza, pero ese día se escribiría una crónica, con los años, sonaría más a corrido a parte militar.
Dicen cayeron diez y ninguno mexicanos. Así, con ese descaro sólo la ironía permite. Porque en realidad sí cayeron mexicanos, pero la frase se quedó flotando como un mariachi desafinado: incorrecta, pero pegajosa.
Mejor forma de contar una batalla, mintiendo un poco, exagerando otro tanto y riéndose en la cara del enemigo con elegancia de cantina.
Francia había llegado con su aire de superioridad europea, como quien entra a una panadería y pide pan francés en un país donde el bolillo ya es religión. Venían bien vestidos, bien armados, bien convencidos de aquello sería un paseo militar. Después de todo, no era la primera vez de meter la cuchara en México.
Ahí estaba el recuerdo de la Guerra de los Pasteles, ese glorioso episodio donde un pastelero francés logró más diplomacia a varios embajadores juntos. Todo por unos postres mal pagados. La historia internacional, como siempre, escrita entre lo absurdo y lo conveniente.
Los franceses marchaban con disciplina, como si cada paso estuviera coreografiado por una orquesta invisible. Si uno afinaba el oído, casi podía escuchar un vals lejano, elegante, refinado.
Completamente fuera de lugar entre el polvo y los cerros de Puebla. Del otro lado, los mexicanos no tenían vals, pero tenían algo mejor: ruido. Mucho ruido. Trompetas improvisadas, gritos, tambores, no siempre iban a tiempo.
La promesa eterna del mariachi, aunque en ese momento todavía no existiera como lo conocemos hoy. El espíritu ya estaba ahí: desafiante, sentimental y ligeramente borracho de patriotismo.
Ignacio Zaragoza, con más fe a recursos, miraba a sus hombres como quien mira a un grupo de amigos antes de meterse en problemas. No eran el ejército más temible del mundo, pero tenían algo. A los franceses les faltaba: la terquedad. Esa cualidad tan mexicana de decir “no se puede” y responder “ahorita vemos”.
Los cerros de Loreto y Guadalupe se convirtieron en escenario y testigos. Ahí se acomodaron los mexicanos, no con la precisión de un ingeniero europeo, sino con la intuición de quien conoce su tierra como la palma de su mano. Mientras tanto, los franceses avanzaban confiados, como si ya estuvieran redactando el telegrama de victoria.
El primer choque no fue sólo de armas, sino de egos. Francia, potencia mundial, contra México, país joven, endeudado y con más problemas internos a una familia en cena navideña. Sobre el papel, no había competencia. Pero la historia rara vez se guía por el papel; prefiere el drama.
Entonces empezó el baile.
Porque sí, fue un zapateo. Desordenado, violento, pero con ritmo. Disparos como notas agudas, cañones como percusión, gritos como coros improvisados. Si alguien hubiera tenido la osadía de dirigir aquello como una sinfonía, habría terminado loco o poeta.
Los franceses atacaban una y otra vez, convencidos de la victoria era cuestión de insistencia. Los mexicanos resistían, retrocedían, volvían a avanzar, como si estuvieran jugando una versión mortal de “ahí te voy”.
Entre ataque y ataque, uno podría imaginar a algún soldado pensando en comida: en un pedazo de pan francés, tal vez, o en un taco jamás sería reconocido por la gastronomía parisina.
La lluvia apareció como invitada inoportuna, embarrando el terreno, complicando las maniobras y dándole a todo un aire más miserable. La guerra, cuando se moja, pierde cualquier pretensión de gloria y se convierte en caos.
Para cuando los franceses empezaron a entender, aquello no era un paseo, ya era tarde. La moral, esa cosa invisible pero decisiva, empezó a inclinarse. Y los mexicanos, con esa extraña mezcla de desesperación y orgullo, aprovecharon el momento. No fue una victoria elegante. No hubo coreografías perfectas ni discursos grandilocuentes en medio del combate. Fue, más bien el pensamiento colectivo terminó saliendo sorprendentemente bien.
Al final del día, Francia retrocedió. México resistió. La historia, siempre amante del sarcasmo, decidió convertir aquello en símbolo.
La intervención francesa continuaría, el Imperio de Maximiliano vendría después, y la realidad sería mucho más compleja a un simple triunfo. Pero el 5 de mayo quedó ahí, como una especie de chiste interno entre mexicanos: “¿Te acuerdas cuando le ganamos a Francia?”.
Con los años, la batalla se volvió fiesta. Mariachis, comida, desfiles, discursos que repiten lo mismo con distintas palabras. Y en algún rincón del mundo, quizá en Francia, alguien se encoge de hombros y piensa no fue para tanto. Después de todo, tienen otras glorias que presumir, incluso en el fútbol, donde su selección ha sabido levantar copas con la misma elegancia de sus soldados creyeron que conquistarían México.
Pero aquí, en este lado del Atlántico, la historia se cuenta distinto. Se cuenta con risas, con exageraciones, con ese toque de humor negro. Permite sobrevivir incluso a las derrotas. Porque sí, cayeron más de diez. Y sí, muchos eran mexicanos. Pero decir “cayeron diez y ninguno mexicanos” es una forma de vengarse con palabras, de torcer la realidad hasta sonar mejor.
Entre pan francés ya mexicano, mariachis cantan victorias improbables y recuerdos de guerras absurdas por pasteles, el 5 de mayo sigue vivo.
No como una lección perfecta de historia, sino como una anécdota brillante: la vez un ejército improbable le dijo no a una potencia mundial. Por un momento, el mundo debio escuchar.