Gerson Gómez
Carlos Monsiváis inmortalizó aquel México ochentero bajo una premisa inalterable: el caos colectivo nos define.
Su pluma retrató las contradicciones de mil novecientos ochenta y seis, días donde la sismicidad social aún dolía profundamente. Habitábamos bajo la mirada del Partido Revolucionario Institucional, corporación hegemónica disfrazada de democracia. Miguel de la Madrid Hurtado, autonombrado adalid de la renovación moral, pisó el Coloso de Santa Úrsula.
Al sostener el micrófono, la multitud contestó unánime mediante sonoros recordatorios familiares hacia su investidura. Aquella justa deportiva trajo hordas de británicos sedientos. Los Hooligans invadieron la recién inaugurada Macroplaza regia. Despojados de vestiduras, rebosantes del fermento de Cervecería Cuauhtémoc, convirtieron el espacio público en balneario. La Fuente de Neptuno atestiguó cuerpos desnudos refrescándose sin pudor alguno. Paralelamente, Diego Armando Maradona consagraba su divinidad frente a Inglaterra. Su extremidad superior firmó el engaño inicial, pero su genialidad posterior arrastró rivales mediante fintas indescifrables, borrando la arrogancia europea.
La realidad nacional distaba del júbilo futbolístico. El suelo azteca venía de partirse en mil novecientos ochenta y cinco, dejando miles de almas sepultadas. El régimen intentó aplicar la vieja fórmula romana de entretenimiento paliativo.
Sin embargo, el alimento básico escaseó. Los recursos alimenticios terminaron acaparados por la maquinaria electoral priista para asegurar sumisión.
Existía fe ciega hacia un cuadro tricolor supuestamente histórico. Monterrey albergó la esperanza frente a Alemania Occidental. Los teutones emularon mañas defensivas similares a conductas actuales, cometiendo infracciones flagrantes desde los primeros duelos. Aquellas zancadillas hoy habrían activado las pantallas del arbitraje de video, evidenciando la trampa ante el planeta entero. Para colmo, el silbante anuló injustamente la anotación legítima conseguida por Francisco Javier “El Abuelo” Cruz.
Tenía absoluta razón el cronista capitalino: habitamos el desmadre institucionalizado. Hoy, la óptica corrosiva actualiza este desencanto regiomontano. Propongo una medida radical: la expulsión definitiva del representativo nacional.
El motivo principal radica en la reiterada conducta irresponsable de sus seguidores. Los denominados espacios oficiales de celebración operan meramente como centros nocturnos al aire libre.
Dichas instalaciones benefician de forma exclusiva a consorcios empresariales locales vinculados a la organización de espectáculos masivos.
Ciertas dinastías corporativas del entretenimiento norteño controlan minuciosamente cada movimiento logístico. Sus representantes coordinan carteleras artísticas, inflando precios de manera desproporcionada.
El consumo básico resulta restrictivo. Dos cientos de la moneda nacional por un contenedor cervecero. Cien unidades monetarias por una bebida carbonatada azucarada. Cincuenta billetes por el recurso vital embotellado. El ciudadano promedio solventa este despojo disfrazado de fiesta deportiva. Esta narrativa actual combina ironía punzante con crudeza local. El tono huraño describe dinámicas comerciales abusivas sin tapujos. Incluso el amarillismo irrumpe de forma trágica. Las aguas artificiales del Paseo Santa Lucía devolvieron un cuerpo sin vida durante las jornadas festivas recientes. La tragedia humana convive con el consumismo desmedido. El desorden histórico persiste, mutando de mitología política a negocio corporativo.