mié. Jul 22nd, 2026

Por Rodin

Siempre he sostenido que el poder no cambia a las personas; simplemente revela quiénes son. La política puede ser la más noble de las vocaciones cuando se entiende como servicio, pero también puede convertirse en el camino más corto hacia la ambición desmedida.

Escucho con frecuencia los discursos sobre la austeridad republicana, la honestidad y el combate a la corrupción. Son principios que comparto como aspiraciones de toda democracia. Sin embargo, esos principios pierden valor cuando algunos de quienes los proclaman viven rodeados de lujos, privilegios e influencias que contradicen el mensaje que dicen defender.
Hay quienes llegaron al poder prometiendo acabar con una clase política que, durante décadas, fue señalada por sus excesos. Hoy observo que algunos parecen haber olvidado aquella promesa. Viven como ricos, pero tampoco quieren morir pobres. Y esa contradicción no solo afecta su imagen personal; erosiona la credibilidad del proyecto político que representan.
Me preocupa aún más cuando surgen señalamientos públicos sobre posibles vínculos entre servidores públicos, intereses económicos o grupos criminales. En un Estado democrático, tales señalamientos deben investigarse con independencia, garantizar el debido proceso y, si existen pruebas suficientes, sancionarse conforme a la ley. La impunidad nunca puede convertirse en una política de Estado.
No escribo estas líneas para defender a un partido o para atacar a otro. Escribo porque creo que la congruencia sigue siendo la base de la autoridad moral. Quien exige honestidad debe practicarla. Quien condena la corrupción debe mantenerse lejos de ella. Quien promete transformar la vida pública debe empezar por transformar su propia conducta.
La historia de México demuestra que los proyectos políticos no suelen fracasar por la fuerza de sus adversarios, sino por las contradicciones de quienes los encabezan. El poder seduce, el dinero tienta y la impunidad corrompe. Resistir esas tentaciones es la verdadera prueba de cualquier gobernante.

No basta con repetir consignas ni con citar documentos básicos. Los principios solo cobran vida cuando se reflejan en las decisiones cotidianas, en la transparencia, en la rendición de cuentas y en la disposición para responder ante la ley.

Los ciudadanos no esperan gobernantes perfectos. Esperan gobernantes honestos. Esperan que quien llegó para combatir los privilegios no termine disfrutándolos; que quien denunció la corrupción no la tolere; que quien prometió servir al pueblo no olvide que el poder es un encargo temporal y no un patrimonio personal.

La política necesita menos discursos y más congruencia. Porque al final, la historia no juzga las promesas; juzga los hechos.
rodin2511@hotmail.com

Por Admin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *