Por Rodin
A la mayoría de los ciudadanos nos preocupa el rumbo que está tomando Nuevo León. No porque un gobierno deba estar exento de críticas, sino porque cuando el diálogo desaparece y el conflicto se vuelve permanente, las instituciones se debilitan, la confianza pública se erosiona y la sociedad termina pagando el costo
El gobernador Samuel García parece haber hecho del conflicto un método de gobierno. Ha sostenido confrontaciones con las cámaras empresariales, con las dirigencias partidistas, con los alcaldes, con el Congreso del Estado y, con frecuencia, con los medios de comunicación. Cuando un gobernante termina enfrentado con prácticamente todos los actores de la vida pública, resulta inevitable preguntarse si el problema siempre está en los demás.
Hoy ese ambiente de tensión ha alcanzado un nuevo nivel. En el H. Congreso del Estado, nuevamente se ha iniciado un procedimiento de juicio político en su contra, como reflejo del deterioro institucional que ha marcado la relación entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. Independientemente de su desenlace, el solo hecho de haber llegado a este punto obliga a reflexionar sobre la forma en que se ha ejercido el poder y sobre la urgencia de reconstruir los canales del diálogo institucional.
Es precisamente aquí donde surge una pregunta inevitable: ¿cómo ayudar a un gobernador que no parece dispuesto a dejarse ayudar? Porque ayudar no significa aplaudir todo ni callar frente a los errores. Ayudar también implica hacer una crítica honesta, señalar los riesgos y proponer caminos de entendimiento.
Este análisis no parte de la descalificación ni de una posición política, sino de una convicción compartida por quienes queremos a Nuevo León: el fracaso de un gobernador nunca debe ser motivo de celebración, porque las consecuencias siempre recaen sobre la ciudadanía. Cuando un gobierno se paraliza por la falta de diálogo, también se detienen las soluciones que la sociedad espera y necesita.
Gobernar no consiste en ganar una discusión diaria. Consiste en construir acuerdos, generar confianza y sumar voluntades. La autoridad no se fortalece aislándose, sino demostrando la capacidad de escuchar, rectificar cuando es necesario y convocar a quienes pueden aportar.
Nuevo León necesita que su gobernador dialogue con los empresarios, motor de nuestra economía; que trabaje de la mano con los alcaldes, quienes conocen de primera mano las necesidades de sus comunidades; que construya acuerdos con los diputados, como corresponde a un sistema democrático; y que respete el papel de los medios de comunicación, indispensables para una vida pública libre y plural.
La historia demuestra que los mejores gobernantes no son los que nunca se equivocan, sino aquellos que tienen la humildad y la inteligencia para reconocer cuándo es momento de cambiar.
Deseo que al gobernador le vaya bien. No por una persona ni por un proyecto político, sino porque el bienestar de Nuevo León depende del éxito de quien tiene la responsabilidad de conducir el Poder Ejecutivo. Quizá aún sea posible corregir el rumbo, pero ello exige escuchar, dialogar y construir acuerdos. Gobernar no consiste en vencer adversarios, sino en sumar voluntades al servicio del interés público. Esa es la diferencia entre administrar un conflicto y ejercer auténticamente el gobierno.
La historia suele ser implacable con quienes confunden la firmeza con la confrontación. En cambio, reserva un lugar distinto para aquellos gobernantes que entendieron que el verdadero liderazgo consiste en construir acuerdos para servir a la sociedad.
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