En un mundo donde con frecuencia se habla de exclusión y rechazo, la historia de Ismael nos recuerda una verdad extraordinaria: Dios también mira, llama y tiene propósito para quienes muchos consideran los “olvidados”. Antes de nacer, Ismael recibió su nombre de parte de Dios, una muestra de que el Señor conocía su historia y escuchaba el clamor de su madre, Agar.
Aunque el hijo de la promesa sería Isaac, las Escrituras nunca presentan a Ismael como alguien fuera del alcance del amor de Dios. Por el contrario, Dios prometió bendecirlo y hacerlo una gran nación por causa de Su pacto con Abraham. De Ismael surgirían los pueblos árabes, quienes también forman parte del inmenso panorama del plan redentor de Dios.
La promesa hecha a Abraham nunca tuvo un alcance limitado a una sola familia o nación. Desde el principio apuntaba a Jesucristo, el descendiente por medio de quien serían benditas todas las familias de la tierra. El evangelio no conoce fronteras, idiomas ni etnias; su mensaje alcanza por igual a judíos, árabes y a cada pueblo bajo el cielo.
Por eso, la oración de Abraham sigue siendo vigente: “¡Ojalá que Ismael viva delante de Ti!” (Gn. 17:18). Más que una petición por un hijo, es un llamado para que la Iglesia ore por aquellos pueblos que aún necesitan conocer a Cristo. Si Dios no olvidó a Ismael, tampoco nosotros debemos olvidar la misión de anunciar el evangelio a todas las naciones.
¿Cree esto? Hable con Dios, lea la Biblia y descúbralo. Solo la Verdad nos hará verdaderamente libres.
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