Gerson Gómez
El Doctor Simi jamás votó, jamás pagó Infonavit y duerme perfumado con Brut 33 mientras Botellita de Jerez bendice sus chakras fifís
La primera pista apareció frente a una sucursal. Eran las once con treinta y siete minutos. Sol abrazador. Tráfico digno del Apocalipsis. Tres claxonazos por segundo. El Doctor Simi bailaba sin pedir permiso al universo. Brazos al aire. Caderas diplomáticas.
Sonrisa inquebrantable. Optimismo digno del último sobreviviente del fin del mundo.
Me acerqué al botarguero.
—¿Existe un código de ética?
Silencio.
Respiración profunda.
La cabeza gigantesca giró lentamente.
—Primera regla: jamás abandonar el baile. Segunda regla: nunca discutir con una señora rumbo a comprar paracetamol. Tercera regla: abrazar únicamente cuando exista consentimiento. Cuarta regla: sobrevivir al calor sin perder la sonrisa.
Anoté cada palabra como si descubriera los archivos secretos del Vaticano.
La investigación apenas comenzaba.
Durante semanas seguí al personaje. Café tras café. Torta tras torta. Playlist tras playlist. Botellita de Jerez sonaba como banda sonora del expediente. “Alármala de tos” parecía describir mejor la realidad nacional.
Una pregunta perseguía mis noches.
¿Dónde vive el Doctor Simi?
Las teorías abundaban.
Ecatepec. Iztapalapa. La Independencia. La Alianza
Un departamento minimalista lleno de peluches.
Un penthouse pagado mediante puntos acumulados en promociones.
Nadie coincidía.
El botarguero soltó una carcajada.
—Vive donde exista una farmacia, una banqueta libre, una bocina funcionando y un niño dispuesto a saludar.
Misterio resuelto o complicado.
Seguí disparando preguntas.
—¿Desayuno favorito?
—Huevito con tortillas, café sin pretensiones, vitaminas imaginarias.
—¿Corridos alterados?
—Respeto todos los géneros. Aunque Botellita de Jerez mantiene alineados los chakras.
Renata, influencer holística, apareció sin invitación. Vestido color lavanda.
Cristales energéticos. Agua alcalina.
Palabras en inglés cada siete segundos.
—Literal, vibro súper alto. Tu aura posee energía farmacéutica premium.
El Doctor Simi respondió con un paso de baile.
Renata comenzó una meditación colectiva entre el estacionamiento, dos taxis, un vendedor de elotes y un señor buscando pomada.
Todo parecía normal. México jamás decepciona.
Continué.
—¿Fútbol? El silencio volvió.
—Mientras exista juego limpio… cualquier camiseta merece respeto.
Respuesta diplomática. Respuesta presidencial. Respuesta imposible para una mesa botanera.
Otra incógnita.
—¿Política?
—Prefiero campañas contra el colesterol.
Punto para el muñeco. Punto perdido para los analistas televisivos.
Llegó la pregunta incómoda.
—¿Comezón en la entrepierna durante jornadas bajo cuarenta grados?
La botarga permaneció inmóvil.
Después levantó el pulgar. No hacía falta mayor explicación.
El periodismo también reconoce los silencios.
Más preguntas.
—¿Vacaciones?
—Playa durante invierno. Montaña durante verano. Cualquier sitio con sombra representa un paraíso.
—¿Frío o calor?
—Aire acondicionado.
—¿Novia?
—Mi verdadero romance sucede con la pista improvisada frente a cada sucursal.
—¿Estatura?
—Depende del ánimo.
—¿Creencia religiosa?
—Creo en la bondad espontánea. También en los niños regalando abrazos.
—¿Mariguanol?
El botarguero soltó otra carcajada.
—Sirve mejor para alimentar leyendas urbanas.
Las respuestas enloquecen todavía más preguntas.
¿Tiene hijos?
¿Oculta tatuajes bajo el chaleco?
¿Santa Claus? ¿Reyes Magos? ¿Ambos?¿Ninguno?
Contestó filosóficamente.
—Toda persona disfrazada adopta miles de hijos honorarios durante cada jornada. Respecto a tatuajes… secretos profesionales.
Renata intervino.
—Percibo tinta energética color turquesa.
Nadie confirmó semejante revelación.
La tarde avanzaba. Botellita de Jerez seguía sonando dentro de mi cabeza.
La investigación alcanzó niveles antropológicos. Observé abrazos. Selfies. Abuelitas sonriendo. Niños bailando.
Conductores tocando el claxon únicamente para saludar.
El Doctor Simi parecía funcionar como un extraño ministerio nacional de la buena vibra.
Nadie preguntaba impuestos. Nadie discutía inflación. Nadie recordaba partidos políticos.
Solamente baile.
Movimiento. Humor. Esperanza disfrazada de botarga.
Lanzaré otra bomba periodística.
—¿Cómo duerme?
—Después de una jornada intensa… cualquiera agradece una cama, una almohada y silencio. El Brut 33 únicamente participa mediante leyendas populares.
Confesión suficiente.
Última pregunta.
—¿Algún sueño pendiente?
El botarguero permaneció quieto.
Respiró. Miró hacia la avenida. Un niño apareció corriendo. Abrazo. Foto.
Risa.
Entonces respondió.
—Salir del turno sabiendo alguien volvió sonriendo a casa.
Guardé la libreta. Apagué la grabadora. Renata abrazó un árbol cercano.
Declaró equilibrio espiritual absoluto. Los chakras bailaban cumbia.
La ciudad continuaba respirando smog. Botellita de Jerez seguía musicalizando la película.
Comprendí finalmente el secreto. El Doctor Simi jamás necesitó domicilio fijo. Habita cualquier esquina donde todavía sobreviva espacio para reír durante treinta segundos.
En tiempos dominados por algoritmos, escándalos, gritos televisivos, gurús financieros, coaches emocionales, influencers cuánticos, políticos fluorescentes, promesas recicladas, filtros digitales y prisas monumentales, quizá el reportaje más importante del
año consistía simplemente en seguir durante una mañana completa a un botarguero decidido a bailar contra toda lógica.
Ninguna teoría conspirativa logró superar semejante acto de resistencia.Tampoco el calor.
Muchísimo menos el ridículo.
Tal vez ahí radique el verdadero expediente secreto del Doctor Simi: convertir una banqueta cualquiera en escenario, una fila de farmacia en pista de baile y una carcajada colectiva en medicamento sin receta.