jue. Ago 13th, 2026

¿Qué pasaría si en lugar de pedirle intensamente a Dios que cambie a otros, le pedimos intensamente que nos cambie a nosotros mismos?
Gastamos toneladas de energía exigiendo que los demás cambien. En la oficina, en la familia y en la oración, solemos pedir con vehemencia que Dios modifique el carácter de quienes nos rodean. Pero, ¿qué pasaría si esa misma intensidad la usáramos para pedirle que nos transforme por dentro?
Los mejores cambios no suceden afuera; se gestan en el interior. Para ver una transformación real, necesitamos una nueva mentalidad. El apóstol Pablo lo dejó claro: “Ya no vivan ni se conduzcan como antes… Ustedes deben cambiar completamente su manera de pensar, y ser honestos y santos de verdad, como corresponde a personas que Dios ha vuelto a crear, para ser como él” (Efesios 4:22-24 TLA).
Dejemos de limpiar el reflejo del espejo esperando que nuestro rostro quede limpio. La paz no llega cuando el mundo se vuelve perfecto, sino cuando nuestra mente es renovada por el Creador.
El camino hacia esa nueva naturaleza empieza con una entrega honesta: “Cristo, moriste en una cruz, resucitaste con poder, perdona mis pecados hoy, sé mi Señor y Salvador. Cámbiame, hazme otra vez y ayúdame a serte fiel. Amén”.
No intentes doblegar la voluntad ajena. Permite que Dios conquiste primero tu propio corazón; cuando tú cambias, tu mundo cambia contigo.
¿Cree esto? Hable con Dios, lea la Biblia y descúbralo. Solo la Verdad nos hará verdaderamente libres.
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Por Admin

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