Gerson Gómez
Yo no soy marinero, soy capitán, soy capitán. No. Aquí nadie es capitán de nada. Aquí el Río Bravo decide, el asfalto manda y la bocina del celular del copiloto escupe a Rigo Tovar como si el hombre no llevara cuarenta años muerto y enterrado en la Costa Azul de los recuerdos.
La central de autobuses de Monterrey, esa catedral del sudor y las tacos de muerte lenta, el pasajero más robusto ya ocupa el asiento del copiloto como si lo hubiera comprado en Mercado Libre. Mide lo mismo de ancho sentado y de alto parado. Trae una bocina JBL amarrada con un mecate al cinturón y el celular reproduciendo El Sirenito a todo volumen.
Los otros dos van atrás. El güero, flaco, con gorra de los Astros de Houston; el otro moreno, callado, con lentes oscuros a las once de la mañana, como si el sol de Tamaulipas ya le debiera dinero.
¿Y esa bocina, compa? —pregunto, arrancando la van rumbo a la carretera libre. El robusto se ríe. Dientes de oro. Uno solo, pero brilla como faro de Playa Bagdad. Es pa’ no depender del estéreo, patrón. Acá traemos nuestra propia fiesta.
Ah, cabrón. Pues acá en Monterrey me han volado tres autoestéreos a cristalazo limpio. Tres. El último fue estacionado afuera del PAN Estatal, rodeado de cámaras de seguridad, y no robaron el estéreo: se llevaron el carro completo. Desapareció. Como diputado después de elecciones.
El güero de atrás suelta la carcajada. No mame, ¿afuera del PAN? ¿Con cámaras y todo? Con cámaras, con vigilante, con la Virgen de Guadalupe pegada en el tablero. Nada sirvió. Llorando se fue la que un día me juró canta la bocina. Rigo Tovar y su Costa Azul llenando la cabina como incienso de cantina.
La carretera a Matamoros es ejercicio de fe. Fe en los amortiguadores, fe en los tráileres, fe en la vida misma. El güero se acomoda la gorra y dice:
Allá en Matamoros es diferente, ¿sabe? Allá al ratero no le dura el gusto. ¿Cómo está eso?
Pues mire: al vato se le ocurre irse por la libre, empieza a robar a los vecinos, a bajar cosas de los carros, a meterse a las casas, a madrear transeúntes, se le aplica el correctivo.
¿El correctivo?
Ojo por ojo dice el moreno de lentes, hablando por primera vez. Voz grave. Como de locutor de radio AM a las tres de la mañana.
El robusto cambia la canción. Ahora suena El Testamento: Voy a hacer mi testamento, por si acaso yo me muero.
Nadie comenta la coincidencia. O todos la notan y nadie dice nada. Así funciona la frontera. El silencio es gramática.
Y Brownsville? pregunto, cambiando el tema como quien cambia de carril sin direccional. Dicen los gringos ya tienen ciudad nueva ahí.
Starbase dice el güero. La ciudad de Elon Musk. Puro SpaceX. Ya tiene alcalde propio y todo.
Bobby Peden se llama el alcalde. Treinta y seis años. Vicepresidente de operaciones de lanzamiento de SpaceX. Ganó con doscientos dieciséis votos de doscientos dieciocho posibles. Una democracia tan perfecta resulta sospechosa en cualquier latitud.
La basura de los cohetes cae del lado mexicano, agrega el moreno. En Playa Bagdad aparecen tanques de aire, pedazos de aluminio, plástico quemado. Once tanques encontraron la última vez. Mataron delfines, tortugas, casi mil peces. ¿Entonces Musk tira su basura espacial en México?
Como siempre, patrón. Los gringos tiran pa’l sur. Nosotros recogemos.
Mi Costa Azul, mi Costa Azul.
La ironía de Rigo cantando sobre costas azules mientras Playa Bagdad se llena de chatarra aeroespacial es demasiado perfecta para ser accidental. México amenazó con demandar a SpaceX. Luego se echó para atrás. Como siempre.
Oiga, y el Cártel del Golfo, ¿todavía manda allá?
Silencio. El robusto baja el volumen de la bocina. Primera vez en cuarenta minutos de viaje.
El Golfo ya no es lo mismo dice el güero, midiendo las palabras como quien mide pólvora. Antes era uno solo. Ahora están los Ciclones, los Escorpiones, los Metros, los Rojos pura división. Pura pelea interna.
Tiene razón. El Cártel del Golfo, fundado en los años treinta por Juan Nepomuceno Guerra en Matamoros, la organización criminal más antigua de México, según el Washington Post, hoy es un archipiélago de facciones peleándose las sobras. En febrero de este año cayó “Lexus”, Antonio Guadalupe, líder de la célula de los Ciclones, en un operativo aéreo y terrestre en el Ejido Sandoval. El New York Times reportó la fragmentación como el colapso de una dinastía criminal. El Times de Londres lo comparó con la caída de los Gambino en Nueva York: misma arrogancia, mismo final.
Pero todavía hay jale dice el moreno. No pregunta. Afirma.
Todavía hay jale confirma el güero.
Pasan los kilómetros. Pasan las rancherías con nombres bíblicos y destinos paganos. Pasa un retén militar vacío, como escenografía de película cancelada. La bocina ahora reproduce una cumbia sin nombre, de esas grabaciones piratas donde Rigo suena como si cantara desde el fondo de una alberca.
¿Y ustedes a qué se dedican? pregunto. Periodista al fin. Pregunta estúpida al fin.
El robusto me mira. Sonríe. El diente de oro otra vez. Nosotros somos los del correctivo, patrón.
¿Los del ojo por ojo?
Los meros. Nosotros somos los de mochar manos. Ese es nuestro jale pa’l patrón.
Lo dice como quien dice nosotros somos los del taller mecánico o nosotros vendemos seguros. Sin drama. Sin épica. La banalidad del mal en una van con aire acondicionado descompuesto y Rigo Tovar de fondo.
El moreno se quita los lentes. Ojos claros. Tranquilos. Como de maestro de primaria.
Al ratero se le avisa una vez. A la segunda, pierde la mano. Así se mantiene el orden. Los vecinos están contentos. La policía no se mete. Todos ganan.
Menos el ratero digo.
Menos el ratero confirma, volviéndose a poner los lentes.
Voy a hacer mi testamento, por si acaso yo me muero, le dejo a la que me quiere, todito mi sufrimiento.
Rigo Tovar profetizando desde la tumba. El testamento del Golfo de México: a Matamoros le dejaron la violencia; a Brownsville, los cohetes; a Playa Bagdad, la chatarra cósmica; a los vecinos, el miedo; a estos tres pasajeros, un oficio medieval en pleno siglo veintiuno.
El robusto apaga la bocina. Aquí nos baja, patrón.
¿Aquí? Pero faltan como veinte minutos para la central.
Nosotros no llegamos a la central. Nuestro viaje ya se perdió. Pero está bien. En quince minutos sale otro.
Se bajan los tres. El güero se estira. El moreno enciende un cigarro. El robusto se acomoda la bocina en el cinturón como pistolera de vaquero posmoderno.
Oiga, patrón dice el güero, asomándose por la ventanilla. Cuando vaya para allá, nos avisa. Lo esperamos. Se la va a pasar bien.
¿Bien cómo? Bien. Tranquilo. Nadie le va a robar su estéreo allá. Eso se lo garantizo.
Los tres se ríen. Se alejan caminando por el acotamiento, entre el polvo y los espejismos del asfalto. Tres siluetas fundiéndose con el horizonte, como personajes de Rulfo extraviados en el siglo equivocado.
Arranco. Busco una estación de radio. Encuentro estática. Conecto mi propio celular. Pongo a Rigo Tovar. El Sirenito. Subo el volumen. Sirenito, sirenito, ven a jugar con las olas. Las olas de Playa Bagdad, donde las tortugas marinas anidan entre restos de cohetes destinados a Marte. Donde el sueño de Elon Musk aterriza como pesadilla ecológica. Donde el Golfo de México el golfo del Golfo, el golfo del cártel, sigue lamiendo la arena con lengua de sal y sangre.
Matamoros, cuna del cártel más viejo de México. Ciudad fronteriza donde la basura científica cae del cielo y la justicia se imparte a machetazos. Donde tres desconocidos te confiesan su oficio de verdugos entre cumbias y risas, y luego te invitan a pasarla bien.
Mi Matamoros herido. Herido de bala, de cohete, de olvido. Pero con soundtrack de Rigo Tovar. Siempre con Rigo. Mi Costa Azul. mi Costa Azul.