lun. Sep 28th, 2026

Charlas de taberna
Marcos H. Valerio
El Zócalo de la Ciudad de México no cabía de tanta gente. Más de 300 mil personas se congregaron bajo el sol de septiembre para acompañar a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en el cierre de su gira “Honestidad y resultados”.
No era solo un acto político. Era una fiesta de plaza pública, de abrazos entre desconocidos, de banderas ondeando y de voces que coreaban con la emoción de quien siente que está viviendo un pedazo de historia.

Entre la multitud, los vendedores ambulantes se convirtieron en protagonistas silenciosos de la jornada. Lo más buscado, lo que volaba de las manos, eran las “Clauditas”: muñecas con la imagen de la presidenta, algunas de peluche suaves al tacto, otras convertidas en llaveros, stickers o posters para colgar en la pared.
Había también gorras, sombrillas y hasta botellas de agua estampadas con su rostro. Los precios iban desde los 45 hasta los 250 pesos, según el tamaño y el material. “Llévese su Claudita, para que no se le olvide este día”, gritaban con sonrisa cómplice.
Aunque en menor cantidad, todavía se alcanzaban a ver algunos “Amlitos”, esos muñecos del expresidente que aún conservan su lugar en el afecto popular. Y entre el bullicio no faltó el ingenio capitalino: un vendedor, con voz de feria, ofrecía a gritos “pizzas de la 4T”, provocando risas y más de una compra impulsiva entre quienes hacían fila para acercarse al templete.

En medio del ajetreo, un policía no se andaba con rodeos. Con voz firme y sin micrófono, gritaba a los asistentes: “Si ven a un carterista, ¡pártanle su madre para que entienda!”. La advertencia, directa y sin filtros, provocó algunas risas nerviosas y más de un movimiento de mano hacia la bolsa o la mochila. En el Zócalo, hasta la seguridad se volvía parte del colorido popular.
La gente no solo llegó a escuchar. Llegó a sentirse parte. Familias enteras con niños en hombros, jóvenes con banderas improvisadas, adultos mayores que caminaron cuadras para no perdérselo. En cada rincón de la plaza se respiraba ese ambiente único de las grandes concentraciones capitalinas: mezcla de fervor, comercio popular y orgullo colectivo.
Al final, cuando la presidenta cerró su mensaje y el sol empezaba a inclinarse, muchos se retiraron con su “Claudita” bajo el brazo o su gorra bien puesta. Se llevaban más que un recuerdo de plástico o tela. Se llevaban la certeza de haber estado ahí, de haber llenado la plaza mayor y de haber convertido un acto de rendición de cuentas en una fiesta de pueblo.

Por Admin

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