Luz María Ortiz Quintos
En la actualidad vivimos inmersos en ambientes de diversos tipos de crisis: económicas, laborales, de relaciones personales, ambientales, de seguridad y de movilidad. Son momentos difíciles que también ofrecen la oportunidad de aprender, cambiar y crecer.
Hoy, un gran número de personas viven también crisis de fe, un proceso profundo de duda, cuestionamiento o ruptura con las creencias religiosas o espirituales que anteriormente daban sentido y estabilidad a su vida.
¿Qué es una crisis de fe?
Pérdida de certezas: ocurre cuando el sistema de creencias deja de responder a los interrogantes de la vida o al sufrimiento del mundo.
Duda intelectual o existencial: se cuestionan dogmas, la existencia de Dios o la congruencia de las instituciones religiosas.
Causas comunes
Factores intelectuales: el choque entre la fe recibida y nuevos conocimientos ideológicos, históricos o filosóficos.
Dolor o silencio divino: vivir experiencias de sufrimiento profundo o sentir que las oraciones no tienen respuesta.
Desilusión eclesial: la decepción ante las acciones, normas o figuras de autoridad dentro de una comunidad religiosa.
Tipos principales de crisis
Crisis evolutivas o del desarrollo: ocurren de manera predecible durante las etapas naturales de crecimiento y transición en la vida.
Ejemplos de ello pueden ser el paso de la infancia a la adolescencia, la crisis de la mediana edad o la jubilación.
Crisis existenciales: aparecen cuando una persona cuestiona profundamente el sentido de su vida, su identidad o su propósito.
En gran medida, esta crisis también se relaciona con algunas de las nuevas tendencias globales que han llevado a dejar de lado la fe y, con ella, los principios éticos que orientan la conducta humana. Cuando dejamos de preguntarnos qué está bien y qué está mal, corremos el riesgo de convertir nuestras decisiones únicamente en aquello que nos resulta conveniente.
La fe, entendida más allá de una religión en particular, puede ser esa creencia que nos lleva a buscar el bien propio y el de los demás; una disposición para practicar el bien y evitar el mal.
Porque creer también implica actuar.
En muchas ocasiones es fácil decir, comprometerse y hablar; lo difícil es cumplir. Tener palabra significa asumir el compromiso de responder por aquello que se dice y garantizar, con los hechos, que se cumplirá lo acordado.
Y esto también está relacionado con los tiempos que vivimos en el ámbito político.
Gran parte de la ciudadanía ha perdido la confianza en determinados personajes políticos que, durante las campañas, hacen promesas que se lleva el viento y que, incluso después de llegar a ocupar un puesto de elección popular, no cumplen.
Dicen que prometer no empobrece, pero sí puede decepcionar y desacreditar el buen nombre.
La palabra tiene valor cuando está respaldada por los hechos.
Vivimos una época en la que recuperar la confianza resulta indispensable. No solamente la confianza en las instituciones, en las autoridades o en las organizaciones; también la confianza entre las personas.
Porque una sociedad no puede construirse solamente con leyes, discursos o promesas.
Se construye cuando las personas son capaces de creer, comprometerse, cumplir y actuar en congruencia con aquello que dicen defender.
Y quizá una verdadera crisis de fe no solamente consiste en dejar de creer en Dios o cuestionar una religión.
También puede ser una crisis de confianza en nosotros mismos, en los demás y en la posibilidad de construir una sociedad donde la palabra todavía tenga valor.
Porque cuando la palabra pierde su valor, la confianza se rompe; y cuando la confianza se rompe, también se debilitan los vínculos que sostienen a una sociedad.
*La autora es presidenta del Instituto Nacional de Consultoría Familiar A. C.
