De fusilamientos
Gerson Gómez
Sonó el reloj de Washington y nadie lo oyó. El aplauso previo ahogaba sus campanadas. Desde un rincón de la memoria, Living Colour rasga una guitarra y anuncia el título de la función. Time’s Up. En 1990 bautizaron así un disco de cadencia urgente. Hoy suena como contraseña oficial. Se agotó el plazo, damas y caballeros. Acomoden sus palomitas.
Un hombre aguarda en Kansas. Se llama Nidal Hasan. Ejerció como psiquiatra del Ejército y en 2009 mató a trece personas en Fort Hood. Nadie lo disculpa. Su crimen pesa como yunque.
Trump autorizó el fusilamiento. Sería el primero del Ejército desde 1945, cuando el desertor Eddie Slovik cayó sin cámaras, sin señal, sin hashtag. Más de ocho décadas después, el progreso ofrece mejoras. Pantalla, enlace, pausa comercial.
Luego habló Hegseth. Desde un estudio amigo, el secretario de Defensa prometió a los ciudadanos un asiento. El Pentágono tradujo la frase al idioma burocrático. Transmisión en vivo. Reuters anotó el dato jugoso. Ninguna ejecución estadounidense se emitió antes por esa vía. Pioneros, pues. Alguien patenta ruedas; Washington patenta el último suspiro.
El país de la libertad de prensa recibe por fin su exclusiva definitiva.
La Constitución prohíbe castigos crueles e inusuales. Lo inusual quedó resuelto. Habrá audiencia global. Lo brutal aguarda comentarios.
Los padres fundadores redactaron preámbulos con pluma de ganso y fe en la razón. No imaginaron el wifi. Hoy la razón se mide en reproducciones por minuto.
Los diarios internacionales registran un coro disonante. El senador demócrata Chris Murphy calificó el plan de repugnante. Republicanos también torcieron el gesto, según CNN. Especialistas advierten posibles choques con reglamentos militares. Abogados añaden un freno: Hasan podría acudir a un tribunal civil y estirar la fecha. Time’s up, sí, aunque el reloj admite prórroga.
Mientras tanto, Tennessee sirvió el aperitivo. Una inyección letal salió defectuosa la semana pasada, según NPR, y los abogados de la sentenciada exigen conservar las pruebas. Falló el laboratorio; la artesanía promete mejor suerte. Fusiles, pólvora, puntería. Tecnología de abuelo, garantía de museo.
Un profesor, Michael Radelet, sospecha lo contrario del libreto. Si el país mira, tal vez se canse. El respaldo a la pena capital ya rondaba su mínimo en cincuenta años. Moraleja. El verdugo debería cuidarse del público.
Recuerdo El día de la purga. Una noche anual, el asesinato recibe permiso, y la consigna oficial reza. Benditos sean los padres fundadores. Aquí falta la máscara. Sobra el horario estelar. Ninguna sirena de aviso, ninguna ficción, solo un cronograma con enlace compartible.
Imagino el menú. Refrescos, botana, sillón reclinable. Los anunciantes sudan. ¿Cuál marca soportará salir antes del disparo? Una aseguradora de vida, tal vez. Una funeraria con promoción de temporada. Un fabricante de pañuelos desechables jamás desentonaría.
Piénsese en la logística. Servidores, intérpretes, subtítulos. Un técnico de sonido decidirá si el disparo suena sordo o brillante. Un editor buscará el mejor plano. Los redactores ensayan titulares: Minuto a minuto, así fueron sus últimas horas, cinco claves. La muerte convertida en lista de cinco. El humanismo luce en el currículo de todos. En el flujo de trabajo no consta.
Kansas guarda silencio de trigo. Un pasillo, una puerta, un reloj de pared. Existen días en los cuales hasta el viento duda. Afuera, el periodista afina su micrófono. Dentro, el hombre repasa su nombre. La noche sabe a café frío.
Sentenciar compete al Estado. Exhibir compete a un canal. Un humano continúa humano, incluso con su expediente a cuestas. Merecía, al menos, puerta cerrada. Aquí el instante final se alquila al espectador.
Dicen los manuales de pelotón. Un fusil recibe cartucho de salva. Así cada tirador conserva la duda y duerme. Elegante mecanismo moral. El público heredará idéntico regalo. Miles de dedos sobre el botón de reproducir, ninguna culpa individual. Un clic reparte la responsabilidad como pan.
El morbo tiene paciencia. Se forma en la fila de las miradas, estira el cuello, ensaya una frase compasiva para fingir distancia. Después comparte la noticia con el comentario indignado. Nadie confiesa curiosidad. Todos conocen la dirección web.
Se esconde cinismo fino en el protocolo. Se nombra a las víctimas con voz solemne, y el lenguaje de la justicia viste traje de gala. Debajo respira el negocio de audiencias. Julio Torri habría resuelto el asunto en media página, con filo de bisturí. Torri tenía economía. Nosotros tenemos rating.
Llegará el día. Sonarán los tambores, los fusiles harán su ronda y la guitarra de Living Colour tal vez aporte cortinilla de lujo. El condenado cerrará los ojos. El público, nunca. Caerá el cuerpo en Kansas.
En millones de salas abatirá algo más discreto. La vergüenza de mirar. Entonces la pantalla oscurecerá, una leyenda anunciará el próximo programa, y en el espejo negro de cada aparato cada espectador distinguirá, por fin, un rostro. El suyo. Time’s up.
