16 octubre, 2026

Cachito al cielo, prenda al purgatorio

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Gerson Gómez
Cae el viernes. Llega la quincena como migaja sobre mantel ajeno. Afuera, la Catrina baila gogó entre calaveras de azúcar y cobra cover en cada esquina.
Cerca de La Guayulera, doña Chela Arizpe alisa tres billetes arrugados sobre el mostrador de formica. Carga sesenta y dos años. Dos hijos emigraron a Texas. El tercero lava coches. Frente a ella, don Nacho abre la libreta azul. Ahí figura su nombre, escrito con bolígrafo mordisqueado. Tapa de huevo, azúcar, aceite, refresco, caguamas. Cada renglón pesa como lápida
Cóbrese lo viejo, don Nacho. Primero liquide, comadre. Anote lo nuevo también.
El tendero suspira, tacha, suma de nuevo. Así sobrevive México. A crédito, con rayitas de lápiz y fe de vecino. Más de la mitad de los trabajadores del país labora sin contrato ni prestaciones, según el INEGI. Sin colchón. Sin red. Solo libreta.
Chela esconde en el brasier su cachito de la Lotería Nacional. Cuesta pocos pesos. Promete muchísimo. Cada noche lo acaricia como rosario. Imagina casa de cantera, dentadura completa, lluvia de billetes sobre la cama. La matemática, gélida, reduce su probabilidad a millonésimas. Poco importa. La esperanza no calcula.
En San Bernabé, el viernes huele a asfalto hirviente y humo ajeno. Lupe Treviño, operador de prensa, recibe su raya a las cinco. Veintidós años lleva soldando sueños ajenos en la misma planta. Marcha directo a la tiendita de doña Tere. Ella saca la libreta roja y recita cifras como letanía. Lupe liquida los piquitos. Doscientos ochenta pesos. Respira hondo. Aprieta mandíbula. Repite el pedido eterno. Huevo, aceite, azúcar, refresco, par de caguamas.
Destapa la primera sobre la banqueta. Brinda con el cielo plomizo. Saborea treinta minutos de felicidad efímera, cobrados en abonos. Mañana despertará con resaca y deuda gemela.
Por la colonia Doctores, Rosario Ibáñez, costurera, abraza su bolsa de plástico y camina hacia el Zócalo. Adentro viaja el anillo de bodas de su madre difunta. Frente a la casa matriz del Nacional Monte de Piedad, fundada en 1775, serpentea la fila. Madrugadores, viudas, taxistas, maestros: todos portan alhajas, relojes, herramientas. Cada objeto trae historia, y cada historia trae interés.
Rosario no rescata la prenda. Solo refrenda. Entrega los intereses, recibe prórroga, regresa a casa con las manos vacías. El capital permanece intacto. Compra tiempo, jamás libertad. Cada mes repite el ritual idéntico. Ventanilla, número, firma, sello. Purgatorio con aire acondicionado.
Junto al mercado San Juan de Dios, Beto Ramírez, cargador desde los diecinueve, descansa sobre costales de chile guajillo. Almuerza en la fonda de Remedios. Ella anota deudas con gis sobre pizarrón agrietado, entre el menú y la estampa de la Virgen de Zapopan. Beto contempla sus números. Cuatrocientos pesos. Traga saliva. Adquiere un décimo con el billetero ambulante, pues faltan pocos días para el sorteo.
Esta semana salgo de pobre, bromea.
Remedios ríe sin ganas, borra medio pizarrón, escribe renglón nuevo.
Dos ventanillas gemelas sostienen la esperanza nacional. La primera vende cielo en papelitos numerados. La segunda alquila salida temporal del infierno de la falta de liquidez. La entrada celestial se abona con ilusión. La salida infernal se acredita con intereses.
Mientras tanto, los precios trepan y el sueldo se encoge. Familias enteras amanecen con la cartera vacía desde el diecinueve del mes. Millones de hogares recurren al fiado, al empeño y a la usura para alcanzar el treinta. Prestamistas gota a gota tocan puertas al anochecer. Cobradores telefónicos susurran amenazas con voz de ultratumba. Tarjetas agotadas, relojes secuestrados, televisores en rehén. México vive de prestado, y el prestamista jamás duerme.
Llega la noche del sorteo. Las esferas giran, el locutor canta números ajenos. Doña Chela confronta su cachito perdedor. Lupe vacía botella. Rosario guarda recibo. Beto estruja décimo. Nadie maldice. Cada quien dobla papel, protege dignidad, planea otro viernes.
Gana siempre la libreta. Jamás se equivoca, descansa. Cuando termine la fiesta, cuando la Catrina por fin cuelgue sus botas de gogó, también apuntará la cuenta final. Velorio a meses sin intereses, flores fiadas, ataúd en abonos.
En México, hasta la muerte se fía.

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