28 octubre, 2026

México, siempre fiel: ¿dónde quedó nuestra fe?

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Luz María Ortiz Quintos
«México, siempre fiel», fue la frase pronunciada por el papa Juan Pablo II el 26 de enero de 1979, durante su primera visita pastoral a nuestro país. Una expresión que quedó grabada en la memoria de millones de mexicanos y que, durante mucho tiempo, pareció reflejar la identidad y la fe de nuestro pueblo.
De acuerdo con los datos del Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), México es un país en el que una gran parte de la población se identifica con alguna religión o creencia espiritual.
Principales cifras de las creencias religiosas en México
Católicos: 97,864,218 personas (77.7 % de la población).
Protestantes y evangélicos: 14,095,307 personas (11.2 %).
Creyentes sin una religión específica: 3,103,464 personas.
Personas sin religión: 13,314,516 personas.
Estas cifras nos muestran que la fe sigue ocupando un lugar importante en la vida de millones de mexicanos. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿cuánto de aquello que decimos creer se refleja realmente en nuestra manera de vivir?
Se dice que la religión ofrece una formación espiritual y moral que nos invita a creer en algo superior y a procurar ser mejores seres humanos. Nos llama a practicar valores éticos y morales, no solamente para nuestro propio bienestar, sino también para el bien de quienes nos rodean.
Pero, si quienes nos consideramos creyentes practicáramos verdaderamente los principios de nuestra fe, ¿seguiríamos viviendo con tanta desigualdad, violencia, impunidad y corrupción?
Resulta sorprendente observar cómo algunas personas que actúan en contra de los principios más elementales de la ética, la moral y la religión también se encomiendan a sus seres de fe, incluso mientras realizan acciones que perjudican a los demás. ¿De qué sirve profesar una creencia si nuestros actos contradicen aquello que decimos defender?
Hoy, la crisis que vivimos no es solamente humana; también es espiritual y moral. Nos enfrentamos a una sociedad en la que lo que para unos es malo, para otros es bueno y para muchos más resulta indiferente. Hemos perdido, en ocasiones, la capacidad de asombro, la vergüenza, la solidaridad y la empatía.
Ser señalado por cometer actos inmorales ya no siempre representa un motivo de vergüenza. En algunos casos, la polémica, el escándalo y hasta el desprestigio se convierten en herramientas para obtener fama, reconocimiento y dinero.
Y esto no sucede exclusivamente en México. En distintos países hemos visto señalamientos contra funcionarios públicos y empresarios por conductas cuestionables que, en ocasiones, no parecen tener consecuencias proporcionales a la gravedad de los hechos.
La reputación y el buen nombre no se compran ni se heredan: se construyen con nuestras acciones, no solamente con nuestros discursos.
Somos un país privilegiado por nuestra ubicación geográfica, nuestras riquezas naturales, nuestras tradiciones y una cultura profundamente arraigada en las familias. Sin embargo, algunas de las buenas costumbres que durante generaciones dieron identidad a nuestras comunidades están dejando de practicarse y transmitirse a niñas, niños y adolescentes.
¿Qué está pasando en nuestros hogares? Hay padres que, en lugar de ser ejemplo para sus hijos, parecen concentrarse más en el «yo» que en el «nosotros». Se privilegia la satisfacción individual por encima del compromiso familiar, la responsabilidad y el bienestar común.
Vivimos en un mundo que, en ocasiones, empodera y aplaude conductas que nos dividen, mientras se debilitan los principios que deberían unirnos. Parece que todo se permite, que nada se cuestiona y que poner límites se ha vuelto motivo de crítica, incluso cuando estos son necesarios para formar personas responsables y respetuosas.
La fe, independientemente de la religión que cada persona profese, debería invitarnos a reflexionar sobre nuestras acciones, reconocer nuestros errores y procurar el bien de los demás. No basta con acudir a un templo, pronunciar una oración o declararnos creyentes si, al salir, olvidamos el respeto, la honestidad, la solidaridad y la compasión.
La formación en valores comienza en casa, se fortalece en la escuela y se refleja en la vida pública. No podemos exigir gobernantes honestos si no fomentamos la honestidad en nuestros hogares; tampoco podemos reclamar una sociedad respetuosa si dejamos de enseñar el respeto a las nuevas generaciones.
Entonces, ¿qué presente estamos construyendo y qué futuro les estamos heredando a nuestros hijos? ¿Hacia dónde vamos como sociedad si nuestras palabras, nuestras creencias y nuestras acciones caminan por senderos distintos?
«México, siempre fiel» no debería ser solamente una frase que recordamos con nostalgia. Debería ser una invitación a recuperar aquello que nos hace mejores personas: la congruencia, la honestidad, la solidaridad, el respeto y el amor al prójimo.
Porque la verdadera fe no se demuestra únicamente con palabras, sino con la manera en que vivimos, tratamos a los demás y contribuimos a construir un país más justo, humano y solidario.

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