¡Del cacao al altar!
Charlas de taberna
Marcos H. Valerio
En un taller donde el aroma a cacao tostado se mezcla con el humo suave del comal, Yolotzin Flores Zavala y su hermana Nectic Magdalena Flores Zavala llevan diecisiete años demostrando que el chocolate puede ser mucho más que un antojo. Puede ser memoria, puede ser ofrenda, puede ser arte.
Lo que empezó como un sueño de dos hermanas se convirtió en Xocolatl, una cooperativa artesanal que hoy integra a cinco socios y da trabajo a otras cinco mujeres. Juntas elaboran chocolate de verdad: sin atajos, con cacao tratado con respeto y con la paciencia que solo da el oficio manual.

Cada pieza sale de sus manos. Durante la temporada de Día de Muertos el taller se llena de calaveritas finamente detalladas, catrinas que parecen salidas de un grabado antiguo, xoloitzcuintles que custodian el camino de los muertos y figuras personalizadas que la gente encargan para sus altares. No son dulces de fábrica. Son pequeñas esculturas de chocolate que unen tradición, identidad y sabor auténtico.

“El cacao tiene historia. Nosotros solo intentamos no olvidarla”, dice Yolotzin mientras revisa un molde. El proceso es lento: selección del grano, tostado, molido, templado y modelado a mano. El resultado es un chocolate que se siente denso, profundo, con el sabor que tenían los chocolates de antes.
Durante estos diecisiete años la cooperativa ha buscado llegar más lejos sin perder el alma. Participan en ferias, exposiciones y redes sociales. Tienen pequeños distribuidores independientes en distintas colonias de la Ciudad de México. Su presencia se puede encontrar en la Tienda de la Tierra, dentro de UTOPÍA La Heroica, y en el Centro de Tlalpan, en el espacio Attrezzo. Pero el corazón sigue estando en Xochimilco: Xococalli Café, en Hidalgo 38, barrio La Asunción, un lugar donde el chocolate convive con café y una ludoteca que recibe a las familias.

Xocolatl no busca solo vender. Quiere demostrar que el cacao mexicano puede generar trabajo digno, preservar saberes y seguir formando parte de los rituales más profundos del país. Cada calaverita que sale del taller es una ofrenda comestible. Cada catrina de chocolate es un recordatorio de que la muerte, en México, también se celebra con sabor.
Diecisiete años después, las hermanas Flores Zavala siguen trabajando el cacao como si fuera un material sagrado. Porque para ellas lo es.
