Gerson Gómez
Un Monorriel sobre el Río Santa Catarina. Ese cauce por décadas ha sido el termómetro de la furia climática de Monterrey, hoy se ve intervenido por una selva de concreto y varilla desafiando no solo a la naturaleza, sino a la paciencia de un millón de conductores. La promesa es futurista: el monorriel más largo de América Latina. Sin embargo, la realidad a pie de calle se siente como una cirugía a corazón abierto en una ciudad con hipertensión vial.
La Invasión del lecho. Desde la avenida Constitución, el paisaje ha mutado. Donde antes el ojo descansaba en el verde resiliente del río, ahora se yerguen columnas, según expertos y críticos, han reducido la sección hidráulica del cauce. Toneladas de tierra y escombro han sido arrojadas para ganar terreno a la corriente, un movimiento extraño. Muchos ven con recelo recordando el poder destructivo del agua cuando decide reclamar lo suyo. Las autoridades aseguran las columnas están ancladas a 30 metros de profundidad en roca sólida, pero en el imaginario colectivo regiomontano, el río siempre tiene la última palabra.
El dilema del monorriel. La elección tecnológica también ha sido motivo de fricción. Pasar del metro tradicional a un monorriel elevado se vendió como un salto a la modernidad. Sin embargo, la adaptación ha sido tortuosa. A diferencia del metro pesado, el monorriel requiere una infraestructura de vigas específicas abrazando el tren. Esta estructura, aunque estéticamente más ligera, ha implicado un despliegue de maquinaria ha devorado carriles exprés, generando caos infinitos.
Los problemas de adaptación no son solo técnicos, sino también de seguridad y logística:
Incidentes en obra. Caídas de armados de columnas han dejado trabajadores heridos y han sembrado dudas sobre la celeridad de los trabajos.
Retrasos y permisos. Se ha señalado las obras avanzan sin todos los permisos integrales, acumulando retrasos han movido la fecha de entrega total hasta el 2027.
El Sueño del Mundial. Nació como el gran proyecto para la Copa Mundial 2026 ahora se admite, desde las mismas entrañas del gobierno, difícilmente estará listo para el silbatazo inicial.
Líneas 4 y 6. El laberinto elevado. La Línea 4 se proyecta desde el Hospital de Ginecología hacia Santa Catarina, bordeando el río con curvas y desniveles buscan sortear los puentes existentes. Por su parte, la Línea 6 pretende conectar el oriente de Monterrey con Apodaca y San Nicolás. Es un mapa ambicioso, en el papel, conectará zonas industriales, hoteleras y el aeropuerto, pero hoy se traduce en polvo y barricadas naranjas.
El ciudadano, atrapado en el tráfico de Miguel Alemán o Constitución, observa cómo el “Parque Lineal” prometido bajo la Línea 4 intenta suavizar el impacto visual de una infraestructura. Parece forzada sobre una urbe. Ya no tiene hacia dónde crecer.
Una ciudad en espera. Monterrey vive hoy entre la nostalgia del río libre y la urgencia de una movilidad colapsada hace años. La lucha de una metrópoli por no morir asfixiada en su propio éxito. El monorriel avanza, las columnas se multiplican, y el río espera, silencioso, bajo el peso de una modernidad, aún no termina de encajar.