Gerson Gómez
Desde los confines polvorientos de la colonia Independencia, allá cerquita de la loma donde la Pío X vigila Monterrey con cara de desprecio, Don Gabriel le arranca a su acordeón un huapango destartalado. Su fuelle suena igualito a la panza de tesorero municipal tras la quincena.
Viejo, gastado, pero con ganas de seguir sangrando. A lo lejos, la peste a boñiga partidista flota sobre el río Santa Catarina. Huele a caballeriza fina, a hipódromo donde los potros del presupuesto corren sin más meta que el erario ajeno.
Bienvenidos sean todos al aquelarre de los pre-pre-cenizas. Los aspirantes de la partidocracia mexicana ya caminan por las calles con esa mirada bovina de quien jamás ha pagado un kilo de tortilla. Son los mismos payasos de siempre, vestidos ahora con trajes de lino carísimo comprados con el diezmo de obra pública.
Narcisistas de espejo triple, ególatras con doctorado patito, incompetentes con diploma colgado en la sala de su mansión en San Pedro. Entre ellos abundan los cornudos solemnes, los mujeriegos de sobremesa, los ladrones de guante blanco firman contratos en servilletas y los narcotraficantes con credencial de respetables empresarios.
Los funerales del erario.
El negocio reditúa gracias al arte supremo de la renta de aplausos. Las revistas a modo, impresas en papel couché de quinientos gramos para ocultar la falta de ideas, publican en portada rostros retocados con inteligencia artificial hasta parecer querubines de catedral. Por dentro, perfiles hagiográficos dictados desde la oficina de comunicación social por cien mil pesos mensuales. En paralelo, los ejércitos de trolls y granjas de bots botan billetes verdes para inflar impactos en redes sociales. Cada tuit pagado es un clavo más en el ataúd de la decencia pública.
Ahí los tenemos desfilando, listos para la rifa del dolor ajeno.
Tomemos por ejemplo al joven Luis Donaldo Colosio Riojas, eterno heredero de una tragedia convertida en marca registrada. Lo mismo le da competir por Nuevo León a empacar maletas rumbo a Sonora con tal de encontrar una boleta electoral donde estampar su apellido como si fuera franquicia de café gourmet. Su campaña es ejercicio de mercadotecnia pura, susurro melancólico ensayado frente al espejo, donde la promesa de cambio se reduce a una sonrisa Colgate mientras el estado se seca por falta de agua y sobra cinismo.
En la acera de enfrente, el PRI y el PAN compiten en una olimpiada de desmemoria histórica. Los tricolores, convertidos en una triste caricatura. Alguna vez fue maquinaria de saqueo perfecto, intentan revivir muertos con sahumerios de propaganda digital. Los blanquiazules, atrapados entre su doble moral y sus negocios inmobiliarios, predican doctrina cristiana los domingos y firman moches los lunes. No olvidemos al Movimiento Naranja, ese fosforescente corporativo de ocurrencias juveniles donde el tenis pirata y los TikToks bailados sobre la miseria ciudadana sustituyen cualquier proyecto de nación. Son incineradores de conciencia de cuello blanco, pirómanos con corbata Hermès quemando el futuro a cambio de prerrogativas intocables.
Don Gabriel aprieta los botones del acordeón y el fuelle brama un acorde agrio, idéntico a la risa socarrona de un coordinador de campaña al aprobar la factura inflada de una lona publicitaria. Los políticos mexicanos no buscan gobernar; rebuscan la pensión vitalicia, el fuero constitucional y la notaría pública como premio de consolación tras la derrota.
Termina el desfile de los farsantes bajo el sol inclemente del norte. Los candidatos se limpian el sudor con pañuelos de seda mientras prometen honestidad valiente y modernidad líquida.
Al final de la jornada, la pus negra del cinismo brota a borbotones desde las entrañas mismas de los competidores. No importa el estado, no importa la bandera, no importa si el botín queda en Nuevo León o en Sonora. Para esta fauna de burócratas voraces, la patria es tan solo botín compartido, caballeriza maloliente donde todos relinchan por la misma ubre, dispuestos a vender hasta el alma de su abuela con tal de seguir viviendo del presupuesto nacional.