Gabriel Contreras
Cuando se anuncia la subasta de piezas prehispánicas que competen a nuestro pasado y que tienen lugar en un escenario como los espacios de Sotheby’s o Heritage en Paris, el Gobierno Mexicano pone el grito en el cielo y exige que se detenga de inmediato esa actividad. En cosa de cinco minutos se hacen las maletas, y al día siguiente ya tenemos a algún representante mexica en la tierra de Víctor Hugo, o en Austria, dispuesto a defender nuestra Historia, nuestra esencia, palabras por el estilo.
Sin embargo, cuando en México se anuncia una subasta de objetos históricos de tiempos de la Revolución o el virreinato, eso a nadie le parece extraño, ni inquietante. Y la explicación es que los objetos y documentos que pertenecen a períodos modernos o que corresponden a la sociedad virreinal o al llamado Segundo Imperio, no poseen la garantía de lo “originario” ni se apegan a lo establecido por el INAH como patrimonio histórico, de modo que su destino es la desprotección y la negligencia… Así, el paliacate de José Maria Morelos puede rifarse en una lotería de barrio y, dígase lo que se diga, no está mal porque no es delito.