Gerson Gómez
Picnic de la CIA en las tierras de Maru. Hay días cuando la patria amanece con resaca moral. No es un temblor ni una balacera ni siquiera el clásico caos administrativo ya forma parte del paisaje.
Es algo más viscoso, más difícil de nombrar. Una grieta en la soberanía se abre como una carcajada mal contada. Ese día, en Chihuahua, la noticia llegó envuelta en lámina retorcida y olor a combustible.
Dos agentes de la CIA muertos en un accidente automovilístico, acompañando a la SEDENA y a policías estatales, como si la geopolítica se hubiera subido sin permiso a una troca oficial.
La escena parecía escrita por un guionista con resaca de imperialismo tardío. Carretera larga, sol castigante, polvo todo lo vuelve difuso. Y en medio de ese paisaje norteño, el recordatorio incómodo.
La soberanía no siempre muere de un disparo, a veces se estrella contra el pavimento.
La gobernadora Maru Campos apareció después, con esa calma institucional suele confundirse con amnesia selectiva. Declaraciones medidas, sonrisas tensas, una narrativa evitaba cuidadosamente cualquier mención a la Constitución, como si fuera una tía incómoda en una fiesta elegante.
Agentes de inteligencia extranjera operando en territorio nacional en compañía de fuerzas mexicanas. Detalles, dirían algunos. Pequeñeces legales frente a la gran coreografía del poder.
Pero en México, los detalles son siempre el cadáver en la sala.
El ejercicio de disección. Palabras intentan explicar lo inexplicable sin perder el ritmo de una ironía. Ya es mecanismo de defensa. Porque lo ocurrido no es nuevo, pero sí obsceno en su claridad. La soberanía nacional, ese concepto se recita en ceremonias y libros de texto, se volvió un accesorio decorativo, como esas banderas que ondean sin viento.
Maru Campos, en esta versión kitsch del poder, parece una curadora de museo decide las piezas constitucionales exhibir y cuáles guardar en la bodega. “No pasa nada”, parece decir con cada gesto. Y en ese “no pasa nada” se condensa todo. La normalización de lo extraordinario, la aceptación de lo inadmisible.
Desde otro escenario, Claudia Sheinbaum observa y lanza una ironía corta como bisturí envuelto en terciopelo. No hace falta levantar la voz cuando el absurdo habla por sí solo. Su comentario —medido, calculado— deja entrever la incomodidad federal ante un estado jugando a la autonomía mientras coquetea con la subordinación. Porque el problema no es solo lo ocurrido, sino lo que revela.
Un país donde los niveles de gobierno a veces parecen competir por ver quién ignora con mayor elegancia las reglas del juego.
En el gran teatro global, Donald Trump —febril, incansable en su retórica de confrontación— sigue abriendo frentes como quien colecciona conflictos. Su sombra se proyecta incluso en estos episodios aparentemente locales, recordándonos la política internacional ya no se filtra: irrumpe. México, en esta narrativa, no es protagonista ni espectador; es escenario.
El país se ha convertido en un laboratorio de realidades simultáneas: una donde se habla de soberanía con solemnidad, y otra donde se negocia con discreción. Ambas coexisten, se ignoran, se contradicen.
Hay algo profundamente kitsch en todo esto: la mezcla de símbolos patrios con prácticas desdibujadas. Es como ver una pintura clásica intervenida con grafiti: puede ser provocador, incluso interesante, pero también revela una pérdida de respeto por el original. El original es la idea misma de nación.
Los agentes muertos se convierten en personajes involuntarios de esta narrativa. No son héroes ni villanos; son evidencia. Su presencia en ese convoy dice más a cualquier comunicado oficial. Son la prueba de las fronteras, en el mundo contemporáneo, son menos líneas y más zonas grises.
Chihuahua, ese estado ha sido tantas cosas —frontera, bastión, herida—, se convierte nuevamente en símbolo. No del norte aguerrido ni del desierto indomable, sino de un país negociando consigo mismo en voz baja.
La ironía final es ocurrencia mientras se sigue hablando de legalidad, de cooperación, de estrategias conjuntas. Palabras grandes para realidades incómodas. Algo queda claro. La soberanía no se pierde de golpe; se erosiona. Se desgasta en decisiones pequeñas, en omisiones calculadas, en silencios convenientes.
No busca resolver, sino mostrar. No pretende juzgar, pero tampoco absolver. Movimiento entre el cinismo y la tristeza, entre la risa amarga y la indignación contenida.
Queda la sensación de algo roto —o quizá solo se hizo visible— en la relación entre el Estado y su propia idea de soberanía.
En ese espejo roto, México se mira y no siempre se reconoce.
¿En qué momento dejamos de notar estas grietas? Tal vez cuando aprendimos a reírnos de ellas. Tal vez cuando el humor negro dejó de ser un recurso literario y se convirtió en una forma de supervivencia.
Porque hay días —como ese en Chihuahua— en que la patria no se defiende ni se traiciona: simplemente se descompone, lentamente, bajo el sol.