Gerson Gómez
El destello azul de un teléfono inteligente ilumina la mirada fatigada sobre volante desgastado. Ocurre a medianoche en Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México, Los Ángeles, Toronto, Madrid o Berlín.
Las avenidas nocturnas murmuran historias de hombres y mujeres al frente de sedanes compactos, acelerando entre semáforos en busca de comisiones intermitentes. El asfalto global vibra bajo el peso del autoempleo.
Las bocinas retumban acordes bravos. Los Dos Carnales entonan las estrofas de Vida Ventajosa y El Envidioso, recordando batallas diarias, sudor honesto, sacrificios familiares e ingratitudes de la vida. Un eco de orgullo norteño llena la cabina. Sin embargo, la persona tras el volante oculta un documento sagrado en la guantera: un título universitario con sello dorado. El diploma en Ingeniería Civil, Derecho o Contaduría sirve hoy de apoyo para el portavasos mientras el GPS emite órdenes de giro con voz robótica.
Esta estampa representa ironía global. Diversos reportes del mercado laboral contemporáneo exponen cifras contundentes: a nivel mundial, la mitad de los conductores registrados en plataformas digitales de movilidad poseen títulos universitarios. A lo largo de México, Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea, el volante dejó de ser un recurso eventual; mutó en la balsa principal de supervivencia económica. Las maestrías se sientan al volante para cubrir la renta, la despensa básica y los saldos vencidos de las tarjetas bancarias.
El estéreo altera su sintonía. Entra Santa Fe Klan escupiendo rimas filosas. El rap callejero retumba en Por Mi México, retratando la contienda diaria sobre el pavimento ardiente, la esquina dura, las horas interminables de labor urbana. El chofer sonríe con amarga lucidez. Invirtió un lustro entero en aulas magnas, redactó tesis complejas, soñó con despachos corporativos o firmas internacionales. La realidad del mercado moderno ofreció otra propuesta: sueldos profesionales de miseria, plazas inexistentes, precariedad laboral sistémica. Para completar los ingresos mensuales, la solución inmediata consistió en volverse chafirete respaldado por un algoritmo.
Singular fauna profesional sobre ruedas. En Chicago o Toronto, cirujanos extranjeros manejan doce horas consecutivas aguardando la revalidación de sus licencias médicas. En Madrid y París, licenciados en Filosofía o Arquitectura trasladan viajeros trasnocheados durante madrugadas gélidas. En territorio mexicano, administradores de empresas y profesores de primaria sincronizan turnos laborales diurnos con jornadas nocturnas en Uber o Didi. El automóvil se transforma en oficina ambulante, comedor improvisado y recinto de descompresión emocional.
Las canciones de Gabito Ballesteros aportan el contraste del México bélico. Las notas de AMG o Lady Gaga resuenan con trompetas estruendosas y requintos acelerados, describiendo lujos extravagantes, camionetas blindadas, fajos de billetes, marcas exclusivas. El contraste resulta trágico y cómico a la vez. El chofer conduce un vehículo austero de tres cilindros, calcula el costo de la gasolina al centavo y ruega por una propina generosa de tres dólares. El sueño del éxito personal se reduce a sobrevivir la jornada sin recibir calificaciones negativas por causa del aire acondicionado.
El sudor florece en medio del tráfico pesado.
—¿Cuál resulta ser su ocupación diurna?— cuestiona un pasajero tras abordar en una zona residencial de alto poder adquisitivo.
—Soy abogado especialista en derecho corporativo— contesta el conductor con una sonrisa irónica.
El cliente guarda silencio, incómodo ante la evidencia de una estructura social averiada. La formación académica perdió su promesa de estabilidad; la tecnología de aplicación absorbió las viejas certezas de la clase media.
La estadística periodística confirma la tendencia global. Instituciones de análisis económico en Norteamérica y Europa confirman el incremento masivo de profesionales en la economía colaborativa. Cerca del cincuenta por ciento de los trabajadores en estas plataformas cuenta con estudios superiores concluidos. La falta de oportunidades formales dignas empuja a millones de graduados hacia este oficio urbano. Operan sin prestaciones de ley, sin aguinaldo, sin seguro social, financiando el mantenimiento del coche y asumiendo los riesgos del camino.
El trajín de la madrugada continúa. Los Dos Carnales regresan al sonido ambiente entonando historias de hombres fuertes, curtidos por la adversidad. Santa Fe Klan eleva su voz desde el barrio, retratando el esfuerzo diario. Gabito Ballesteros aporta la cadencia tumbada de los corridos modernos. Tres matices musicales acompañan la paradoja del siglo veintiuno: las universidades gradúan profesionistas; las plataformas digitales los convierten en choferes nocturnos.
El automóvil frena frente al destino señalado. El pasajero baja en silencio. La pantalla táctil anuncia un nuevo viaje a cuatro minutos de distancia. El profesional de la conducción suspira, ajusta el retrovisor, contempla su título profesional imaginario y presiona nuevamente el acelerador.
El diploma colgado en la pared adorna la casa; el volante entre las manos sostiene la vida.