dom. Ago 2nd, 2026

Por Luis Antonio Guajardo
No sé exactamente en qué momento ocurrió, pero cada vez veo más personas tatuadas en México. Antes llamaba la atención encontrar a alguien con los brazos cubiertos de tinta. Hoy sucede lo contrario: en algunos lugares comienza a llamar la atención quien no lleva un tatuaje.
Los vemos entre deportistas, artistas, profesionistas, estudiantes y trabajadores. Ya no es una práctica reservada a determinados grupos ni se oculta necesariamente debajo de la ropa. Muchos jóvenes muestran sus tatuajes con naturalidad, como parte de su apariencia y de la imagen que desean proyectar.
¿Qué cambió en nuestra sociedad para que una costumbre que durante años fue mal vista terminara convirtiéndose en algo cotidiano?
Durante mucho tiempo se relacionó el tatuaje con marineros, soldados, presos o pandillas. Se pensaba que su popularidad había comenzado en Estados Unidos durante las guerras mundiales. Sin embargo, los marineros estadounidenses y europeos ya se tatuaban desde mucho antes.
Las guerras contribuyeron a extender la costumbre. Muchos soldados llevaban en la piel el nombre de una mujer, una bandera, un corazón o algún símbolo religioso. No lo hacían solamente por adornarse. En medio de la incertidumbre, aquellas imágenes les recordaban su hogar, su país o la posibilidad de no regresar.
En México también existen antecedentes anteriores a la llegada de los españoles. Algunos pueblos originarios se pintaban, marcaban o modificaban el cuerpo. En el territorio del antiguo Nuevo Reino de León, las crónicas mencionan grupos conocidos como “rayados” debido a las líneas y figuras que llevaban sobre la piel.
Pero no debemos confundir sus motivos con los actuales. Además, no todas aquellas marcas eran necesariamente tatuajes permanentes; algunas podían ser pinturas corporales o cicatrices realizadas intencionalmente.
Para esos grupos, el cuerpo tenía un significado comunitario. Sus marcas podían estar relacionadas con la pertenencia, la guerra, los ritos, la naturaleza o la posición que una persona ocupaba dentro de su pueblo. No eran diseños elegidos de un catálogo ni imágenes copiadas de las redes sociales.
Hoy los motivos son diferentes.
Hay quienes se tatúan el nombre de sus hijos o el rostro de sus padres. Otros llevan una fecha, una oración o el recuerdo de alguien que falleció. También están quienes lo hacen para conservar en la piel una experiencia dolorosa que lograron superar.
En esos casos, el tatuaje tiene un significado íntimo que solamente conoce quien lo lleva. Sería injusto burlarse o emitir un juicio sin saber la historia que existe detrás.
Pero también hay tatuajes que responden simplemente a la moda. Se hacen porque los amigos los tienen, porque los muestra un futbolista o porque algún diseño se volvió popular en internet. Lo que antes se consideraba un acto de rebeldía se ha convertido casi en una forma de integración.
Esta contradicción me parece interesante. Durante años, tatuarse significaba desafiar las costumbres y demostrar que no se quería ser como los demás. Ahora, cuando tantas personas lo hacen, cabría preguntarse si el tatuaje todavía representa rebeldía o si terminó convirtiéndose en otra manera de seguir a la mayoría.
No afirmo que tatuarse sea bueno o malo. Cada persona tiene derecho a decidir sobre su cuerpo. Tampoco creo que un tatuaje determine la conducta, la capacidad o la honestidad de alguien. He conocido personas tatuadas muy responsables y personas sin una sola marca en la piel que dejan mucho que desear.
Lo que sí me sorprende es la facilidad con la que una decisión permanente puede tomarse en un momento pasajero. Las personas cambiamos con los años. Cambian nuestros gustos, nuestras relaciones y hasta nuestra manera de pensar. El nombre que hoy parece indispensable puede convertirse mañana en el recuerdo de alguien que ya no forma parte de nuestra vida.
Eliminar un tatuaje no siempre es sencillo ni económico. Por eso, aunque se trate de una decisión personal, no está de más pensarla con calma.
También existe una diferencia generacional. Muchos padres y abuelos crecieron viendo el tatuaje como una señal negativa. Sus hijos y nietos, en cambio, lo consideran una forma de expresión. Esto provoca discusiones familiares que en ocasiones son más profundas que el propio tatuaje: representan el choque entre dos maneras de entender el cuerpo, la libertad y la apariencia.
Probablemente los tatuajes seguirán aumentando en México. La aceptación social es mayor y cada vez existen menos espacios en los que una persona tatuada es rechazada abiertamente. Aun así, la discriminación no ha desaparecido y todavía hay quienes juzgan a una persona antes de escucharla.
Los pueblos originarios utilizaban las marcas corporales como parte de una identidad compartida. Los marineros y soldados recordaban mediante ellas sus viajes, sus peligros y sus afectos. Actualmente, cada persona parece utilizarlas para contar su propia historia o para construir la imagen que desea mostrar a los demás.
Quizá por eso vemos tantos tatuajes: vivimos en una época en la que todos queremos expresar quiénes somos y, al mismo tiempo, ser vistos.
No sé si este fenómeno será permanente o si algún día perderá fuerza. Lo cierto es que México se está convirtiendo en un país cada vez más tatuado.
Y mientras más común se vuelve llevar mensajes sobre la piel, más vale preguntarnos si realmente expresan lo que somos o solamente lo que estaba de moda cuando decidimos marcarnos.

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