Cosas del Tony
Por: Antonio Sánchez R.
Cuando un árbol frutal está cargado, sus ramas se doblan, muchas de ellas tanto que a veces pensarías que podrían llegar a quebrarse o, mínimo, posarse tranquilamente en el suelo. Obra y gracia de la naturaleza, no ocurre ni lo uno ni lo otro y al final, se recolecta el fruto que se haya dado y luego, lo degustamos y satisfacemos nuestro gusto.
El panal, cuando está rebosante de miel, ya sea que cuelgue de la rama del árbol que haya elegido la reina o bien que se encuentre hasta en el más recóndito de los acantilados, destaca por la inevitable actividad perene que ejecutan las abejas que se encargan de elaborar ese producto cuyo dulzor nos deja sensaciones muy agradables.
Pero a los árboles y a los panales, como en muchos órdenes de la vida, les aquejan plagas dañinas que de repente convierten el proceso de producción de la fruta o de la miel en verdaderos calvarios. Las plagas se lo van comiendo todo, hasta dejar aquello irreconocible: los árboles, pelones, los panales, por los suelos, abandonados, secos.
Mas a la vuelta del tiempo, todo vuelve a su lugar, siempre y cuando se haya tenido cuidado en deshacerse de las molestas plagas que, desafortunadamente, siempre van a ser un peligro latente, como un cáncer que se mantiene a raya con paliativos pero que al menor descuido, avanza y lo destruye todo.
La vida política de nuestro estado, de nuestro país, se asemeja a esos árboles frutales y a los panales: individuos que buscan beneficios personales se enquistan como sanguijuelas en donde ven que pueden “chupar” hasta dejar seco el árbol completo
A los panales los ataca una plaga peor que los mismos seres humanos: las avispas, insectos familiares de las abejas, pero que a diferencia de éstas, no producen absolutamente nada y pareciera que su único trabajo es hacerles la vida imposible a las más trabajadoras “del barrio”.
Hay organizaciones que se asemejan a esos panales productores de miel, con individuos que se mantienen trabajando para acrecentar y mejorar su entorno. Pero no faltan las avispas que van a alborotar y a dañar esos espacios, llevándose de encuentro todo lo que tocan a su paso.
Estamos apenas en ese proceso de formación o de estructuración para una participación que debería de ser justa, limpia, democrática, pero las plagas ya amenazan con contaminar los entornos y viciar el proceso mismo. Esos “acelerados” a los que llamamos “encuerdados” son la plaga dañina que toca y pudre, sin que nadie se atreva a hacer nada.
Alguien me decía la semana pasada que son muchos los “encuerdados”, señalando algunos nombres, a lo que le mencioné que sí, que estaba de acuerdo en eso, pero que eran sólo unos cuantos los que se habían atrevido a levantar la mano y a elevar la voz para decir “yo mero quiero”, mientras el resto espera pacientemente a que se abran las convocatorias.
Habría que advertir que no por el simple hecho de aparecer en una encuesta, puede decirse que una persona forma parte del grupo de “encuerdados”. Este grupo está formado por todos aquellos que han contratado los servicios de agencias encuestadoras para que les armen una “encuesta” en la que aparecen como los “bueneros”, dando a entender que los electores “ya decidieron”.
A esa plaga el INE debería de fumigarlos primero con una advertencia y posteriormente, en caso de insistir, aplicarles todo el peso de la ley y dejarlos fuera de cualquier campaña electoral, a ver si les quedan ganas de seguir pagando encuestas falsas que lo único que provocan es confundir al electorado. Pero…, el parecer, el árbitro está dormido (o se hace el dormido), para dejarles manga ancha a aquellos que muy “humildemente” harían lo que les permita la ley. ¡Claro que sí!, ¡cómo no! Y nosotros somos recién nacidos ayer…