30 octubre, 2026

La traición: cuando la confianza se rompe

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Luz María Ortiz Quintos
No se engañe por tener 5,000 amigos en Facebook; Jesús tenía 12 y, aun así, uno de ellos lo traicionó.
Encontré una definición de traición que la describe como la falta que se comete al quebrantar la fidelidad, la lealtad o un compromiso que se debe guardar hacia una persona, un grupo o una institución.
Los principales tipos de traición:
Ámbito legal y político: puede constituir un delito grave, como la traición a la patria, cuando se atenta contra la seguridad, la soberanía o la integridad de un país, de acuerdo con las conductas que establece la ley.
Ámbito interpersonal y afectivo: se manifiesta en las relaciones personales a través de la infidelidad, la divulgación de secretos, la mentira o las acciones de quien se vuelve contra alguien que confiaba plenamente en él.
Perspectiva psicológica: implica la ruptura de un vínculo de confianza que puede generar un profundo impacto emocional, asociado con la pérdida de seguridad, la ira, la ansiedad y un proceso de sanación que, en ocasiones, puede ser largo.
En nuestro amado México, uno de los temas que ha generado controversia recientemente es el caso de la funcionaria federal y el proveedor con quien, según la información difundida, mantenía una relación afectiva y vínculos de negocios relacionados con recursos públicos. Los señalamientos sobre beneficios contractuales y la difusión de evidencias públicas han puesto el caso en el centro de la discusión.
Y aquí cabe una reflexión: ¿la traición se hizo evidente cuando se rompió la relación personal o cuando salieron a la luz los hechos que permitieron cuestionar los acuerdos y posibles beneficios?
La traición, muchas veces, proviene de quienes nos conocen, de quienes están cerca de nosotros y de aquellas personas en quienes, en algún momento, depositamos nuestra confianza. Por eso duele tanto: porque no esperamos que quien conoce nuestras debilidades, nuestros proyectos o nuestros compromisos sea precisamente quien termine defraudándonos.
Y, como mencioné al inicio, si Jesús fue traicionado por uno de sus propios discípulos, ¿qué podemos esperar los demás, simples mortales?
De los distintos tipos de traición, hoy quiero enfocarme en una que considero especialmente preocupante: la traición a las instituciones y a los principios que sus representantes se comprometieron a defender.
Me refiero a quienes hicieron votos, formularon promesas y asumieron responsabilidades, pero que, con el paso del tiempo, parecen dejarse llevar por la tendencia, el temor a ser mal vistos o la idea de que todo cambia, de que son otros tiempos y de que las cosas evolucionan. Como si el paso del tiempo justificara abandonar los principios que alguna vez defendieron.
Si quienes deberían ser pastores y guías espirituales llaman bueno a lo malo y relativizan aquello que antes consideraban bueno, ¿qué podemos esperar de los demás?
No se trata solamente de oponerse a las conductas o costumbres que, desde una determinada fe, se consideran contrarias a sus principios. También es necesario preguntarnos qué sucede cuando quienes tienen la responsabilidad de orientar espiritualmente a una comunidad promueven aquello que antes rechazaban, sin explicar cómo concilian esas decisiones con las convicciones que representan.
Por eso, desde la fe, se nos invita a orar, a perseverar y a no desistir. Aunque el círculo de amistades verdaderas parezca reducirse, debemos tener el valor de mantenernos fieles a nosotros mismos, a nuestra conciencia y a los compromisos que asumimos libremente.
Que una conducta se normalice en la sociedad no significa necesariamente que sea correcta. La aceptación social no siempre es sinónimo de bien moral o espiritual. Y, aunque no me sorprende que una sociedad transforme sus costumbres, sí me lleva a reflexionar cuando un líder de fe adopta o promueve prácticas que, contradicen los principios que está llamado a representar.
Finalmente, la conciencia es personal y cada uno debe responder por sus actos. El bien y el mal forman parte de los dilemas morales y espirituales que enfrentamos a diario; nuestras decisiones revelan aquello que realmente defendemos, más allá de lo que decimos creer.
La verdadera fidelidad se pone a prueba precisamente cuando mantener nuestros principios morales, éticos y espirituales resulta incómodo, impopular o difícil.
Al final, no somos lo que decimos ser: somos lo que hacemos. Y nuestros actos no solo tienen consecuencias para nosotros, sino también para las personas, las instituciones y la sociedad de la que formamos parte.

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