jue. Jul 25th, 2024

Pedro García

Ramón Serna Servín nunca se enteró del profundo afecto que le tenían las personas de su equipo de trabajo…El diario trajín no daba margen más que entregar resultados.

Su gente le era fiel pero jamás había ocurrido una ocasión para extrañarlo: nunca, nadie entre ellos, imaginaron que algún día lo perderían para siempre y que ello resultara en una especie de desamparo…

Al día siguiente ya no habría el estilo singular de dar indicaciones de Serna Servín (¡Chilo, muévele!), es decir, hacer las cosas a la brevedad, para no dejar esperando a la gente en las tareas de la gestión social.

La tarde medio nublada en que el cuerpo de Ramón entró a la tierra, en un panteón de Apodaca, el afecto se transformó en un sorprendente y desconocido cariño, desbordado en un llanto conmovedor, que bañó el féretro con los restos del dirigente obrero y de taxistas. El “Diputado de la Gestión Social” como acuñó en su trabajo en el Congreso del Estado.

“Chilo” Orozco, su fidelísimo ayudante, hombre curtido, duro, no soportó más y dio paso al llanto abierto sobre el ataúd de su jefe y amigo  cuando Isaías Lucero, artista cercano a Ramón Serna, le dedicaba al líder, “Ese señor de las canas”.

“Memo” Ceballos, su aliado de toda la vida en la representación obrera, estremeció a los numerosos dolientes cuando con su voz de trueno convocó: ¡Viva Ramón Serna!, seguido por una “lluvia” de aplausos. Ceballos, hombre de las confianzas de Serna Servín, acompañó al líder durante toda su vida de sindicalista, desde que Memo era obrero en un modesto taller ahora convertido en una potente industria.

Lucero fue a rendirle homenaje a su amigo, y le cantó con el corazón en la garganta. A leguas se le notaba la tristeza a Isaías Lucero quien, sin embargo, aguantó, aguantó y aguantó la tristeza que llenaba su pecho, para no fallarle a Ramón en los momentos postreros, del adiós definitivo al dirigente que tuvo gran admiración por el estupendo cantante de boleros norteños.

El popular intérprete dedicó varias horas de su arte, y sentimiento, a la memoria de su amigo al cual le cantó y le volvió a cantar ese bolero que refiere el poder del amor:

“Esta noche tú vendrás/ porque me quieres todavía/ porque a pesar de lo que digas/ amor igual no encontrarás/ El fara fara se hacía presente en la pequeña rotonda del panteón donde los sauces, inclinados, “abrazaban” a la generalizada tristeza.

Victor Hugo Ibarra, enlutado a plenitud, lloraba la pérdida de su amigo. La noche del fallecimiento de Ramón, Víctor comunicaba a este cronista la fatídica noticia con su voz quebrada, como quien pierde un hermano. Así era de estrecha su amistad con Serna.

Ni qué decir de los parientes de Ramón. Había una apasionada tristeza en su viuda, Doña Lety, en su hija e hijos, hermanas y hermanos, primas, primos, nietos. Su hijo, el joven Agustín, corpulento, lloraba. Luego, como que se sumergía en los recuerdos y volvía al sollozo. Kevin lo acompañó en sus tribulaciones. Acongojado y con su cara de “niño”, Kevin aguantaba, pero los sentimientos lo traicionaban.

Osvaldo Serna “Pipilo”, con sus ojos enrojecidos, nunca se despegó del féretro de su hermano. Abrazaba a otros fraternos. Su rostro típicamente duro, dio paso al profundo sentimiento y miraba al nublado infinito, quizá repasando episodios de su vida con Ramón. Ramón. Ramón.

La licenciada Fina mostraba en su semblante el dolor de la gran pérdida. Ramón tuvo en ella una decidida aliada: “Ramón, hagamos esto”…”Ramón, hagamos esto otro”…”No te dejes, Ramón”. Otro Serna, Oscar, lo vi serio, como arrastrando una gran nostalgia por su hermano. Qué agarrones verbales le presencié con Ramón, los que “Pompón”, es decir, Oscar, eludía con picardía. “Sí Ramón, sí Ramón”, esbozando una sonrisa”…

En la CROC, previamente, la dirigencia rindió homenaje al fallecido líder donde su hijo Ramón expresó que su padre fue un croquista por los cuatro costados y un gran contendiente político que logró llegar al Congreso del Estado representando a los vecinos de su querido Sexto Distrito local. Atento, lo escuchaba su hermano Luis, el menor de los muchachos. También Vicente y Miguel, jóvenes muy trabajadores del equipo del dirigente.

La música y las canciones estaban al tope, pero “Paco”, el director del mariachi “Popular”, no pudo más y, con discreción, se apartó sigilosamente de la rotonda para dar rienda suelta al sollozo. Como un chiquillo se enjugaba el llanto con una de las mangas de su chaqueta. Ramón era su amigo y siempre lo convocaba a sus fiestas. La breve ausencia de Don Paco no desmereció el acompañamiento pues sus amigos mariachis sostuvieron el momento. Paco retornó con su pesar a cuestas y a darle a la guitarra.

Tanta gente y tantos parientes. Y varias horas de pesar en el panteón. Y tantas las ofrendas. Fue necesario un camión para trasladar las numerosas coronas enviadas.

Ramón no supo del cariño que le tuvieron sus aliados del equipo de trabajo. Pero ellos tampoco sabían lo entrañable de su relación con el jefe…

Fueron tantas las ofrendas que Ramón Serna Servín, aquel joven iniciado como ruletero en la CROC, emprendió su viaje postrero coronado de crisantemos, rosas y “lluvia”. La señora Flores, empresaria del taxi, miraba, desde su silla de ruedas, el traslado del féretro hasta la tumba y desde allá, hasta unos cincuenta metros, acá, se oía la voz de Isaías Lucero.

Nadie sabe cuánto tiempo,

traía cargando amarguras/

Cómo recuerdo a mi viejo,

y sus tantas aventuras/…

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