sáb. Jul 13th, 2024

Gerson Gómez Salas

Al tradicional alimento mexicano no le hace falta denominación de origen. El taco representa la vida social. El compás de espera en el día. Lo más sagrado y también lo vilipendiado.

En épocas remotas electorales, el partido oficialista utilizaba a sus esbirros. Embarazaba las urnas. Introducía tacos. Es decir, miles de hojas con el sufragio a favor del Revolucionario Institucional. Imposible auditar quien había sido el responsable.

Nuestro taco se produce al momento. Caliente y suave pasa por las papilas gustativas. El guiso le da la nota musical. Los mañaneros son empoderados y cumplidores. A la hora del medio día pueden ser el acorazado destructor del hambre. Por la noche, sensibles a la carne asada o de trompo.

De Tijuana hasta Cancún, en la Riviera Maya, el taco une a los comensales. Nada es más democrático como echarse un taco parado. No se vaya de equis. Taco combinado con salsa picante. Habanero con cacahuate. La maldición de Moctezuma. Chilosos, rojos o secos como los de fideo, pegados a la cazuela. Ahora tan populares y caros en los botaneros o parrilladas.

Desde el valle de Aztlán para todo el mundo, el taco caminero. Así como las manos sucias. Polvo somos y en cenizas nos vamos a convertir. Un poco de tierra no enferma a nadie.

Tacos feos, solo los fabricados en franquicia en los Estados Unidos de América. A ellos se les ocurre sazonar con queso amarillo.

Imagine la guerra con el oriente o Asia. Impondremos al taco como moneda de cambio. Chinos e Hindúes coman taco de murciélago, perro o serpiente. Buda con seguridad lo aprobaría.

Échese un taco de ojo cuando vaya de fiesta al antro. El taco es patrimonio de la humanidad.

Por Admin

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