Gerson Gómez
Mauricio “El Mau” de la Garza no cree en la geología. Cree en el flujo de caja, en el networking de los jueves y en el concreto lo aguanta todo si le pones suficiente sello de garantía.
El Mau es el prototipo del inversionista de cristal.
34 años, un injerto de cabello impecable y una oficina en el piso 42 de una torre en San Pedro brilla tanto que encandila a los pájaros antes de estrellarse contra el vidrio. Mira esa vista, le dice a su sombra, porque a esa hora ya nadie le contesta el WhatsApp—. Eso que ves ahí, esa mancha café que llaman Cuenca de Burgos, es dinero líquido. Bueno, gas líquido. Saquen con esa manguera gigante.
El Mau no entiende de placas tectónicas, pero sí de fracking bueno. En Palacio Nacional le dijeron el fracking de ahora es casi como un spa para la tierra. Le inyectas un poquito de agua, unas sales, un cariñito químico, y ¡pum!, soberanía energética. Lo dicho es la tierra en Nuevo León es como una suegra resentida. No olvida y, tarde o temprano, te cobra la cuenta con intereses.
La primera grieta. El Mau está sirviéndose un carajillo cuando sucede. No es un ruido fuerte. Es un crack seco, minimalista, casi elegante. Como cuando rompes la costra de un creme brûlée en el Pangea. Se queda congelado. El líquido ámbar oscila en la copa. No debería moverse. Estamos en Nuevo León, tierra de valientes y de carne asada, no en la Condesa de la CDMX donde tiembla hasta porque alguien estornuda. Pero el piso se menea. Es un 4.3 en la escala de Richter, nacido del vientre de la Cuenca de Burgos, donde un taladro acaba de decidir que el subsuelo ya no es sólido, sino un queso gruyère empapado en veneno. ¡Valiendo! balbucea El Mau, viendo cómo una línea negra, delgada como un vello público, empieza a reptar por la pared de mármol de Carrara de su oficina .Ahí va su plusvalía. Ese mármol costó más a la vida de tres obreros de Santa Catarina, y ahora se está partiendo a la mitad. Es el inicio del fin. El valor agregado se está convirtiendo en escombro de lujo.
El humor negro de la física. Afuera, la ciudad es caos. En las colonias de Infonavit, las casas “duplex” se están convirtiendo en simplex”} porque se están aplastando unas a otras. Pero a Mauricio eso le vale. A él le preocupa su torre de departamentos, su joya de la corona, está crujiendo como castillo de naipes hecho con tarjetas de crédito vencidas.
Es el impacto ambiental, Mau le había dicho un ambientalista con sandalias y olor a patchouli. Lo mandó sacar con seguridad hace meses. Estás consiguiendo el agua del desierto para meterle químicos. Estás lubricando las fallas. No sabíamos existían. Vas a hacer Monterrey hundirse en su propia sed.
El Mau se ríe. O intenta reírse mientras el edificio vuelve a gemir. El optimismo de Palacio Nacional suena a chiste de mal gusto cuando ves el cristal templado de tu ventana de tres metros empieza a vibrar con una frecuencia. Promete una lluvia de dagas transparentes sobre los Teslas estacionados abajo.
El final del sueño regio ¿Cuántas personas van a morir por sacar ese gas? A Mauricio no le salen las cuentas, porque en su Excel la columna de vidas humanas siempre está en cero o se absorbe como costo operativo. Pero cuando el siguiente sismo llegue, ese ya no será un 4 sino un 5 o un 6, los grandes edificios de departamentos no van a caer con dignidad. Van a colapsar con el ruido de un orgullo herido, llevándose consigo los ahorros, las preventas y los sueños de grandeza de una ciudad pensada podía violar al desierto sin respuesta del desierto al golpe.
¿Soberanía energética? escupe El Mau, mientras el techo empieza a soltar polvillo blanco sobre su traje Hugo Boss. Me lleva la Cuenca de Burgos donde las máquinas siguen bombeando agua. Nadie tiene en excedente, por encima del consumo humano. Termina en Palacio Nacional donde alguien firma el decreto diciendo, en México, la tierra no tiembla por el fracking, sino por causas naturales de bienestar.