Gerson Gómez
Saltillo practica coreografías mundialistas dentro del páramo industrial. Noventa kilómetros separan la ansiedad coahuilense del verdadero circo regiomontano.
Cuatro partidos rondan Monterrey como billetes usados dentro del table dance diplomático. Ningún balón tocará pasto saltillense durante la Copa del Mundo. Aun así, políticos municipales mastican selfies con bufandas tricolores.
El Fan Fest promete pantallas gigantes, cerveza tibia y patriotismo inflable. La raza formará filas kilométricas por una transmisión televisiva gratuita. La pelotita gobierna cerebros mediante hipnosis colectiva.
Mientras tanto, rumores sanitarios avanzan desde África central hacia aeropuertos vigilados por funcionarios nerviosos. El ébola reaparece dentro del imaginario global como fantasma viscoso.
Pandemia anterior dejó cadáveres administrativos, hospitales saqueados y cubrebocas abandonados dentro del automóvil familiar. Nadie aprendió demasiado. Jamás ocurre aprendizaje durante épocas festivas.
Estados Unidos permitirá ingreso oficial para la selección del Congo. La porra africana enfrentará puertas cerradas, filtros consulares y sospechas epidérmicas. Turistas congoleños cargarán estigma biológico antes del abordaje aéreo.
Los buenos samaritanos del norte protegen fronteras mediante paranoia selectiva. El balón sí recibe permiso migratorio. Los pobres jamás reciben idéntico trato.
México tampoco transmite demasiada confianza futbolística. Nadie conoce convocatoria definitiva. Nadie recita alineaciones mediante fervor patriótico. Nadie presume generación dorada.
El quinto partido permanece archivado dentro del museo nacional dedicado al autoengaño.
Cada cuatro años recicla idéntica esperanza rancia.
Las redadas del ICE continúan bajo reflectores mediáticos.
“Blame Canada” funciona como chiste geopolítico mientras migrantes tiemblan frente camionetas negras. Texas endurece semblante fronterizo. California aparenta compasión mediante comunicados elegantes. Florida sonríe con dientes blanqueados por propaganda electoral.
Samuel García todavía protagoniza capítulos judiciales dignos del canal de las estrellas. Fiscalías olfatean expedientes como hienas hambrientas alrededor del cabrito financiero.
Nuevo León permanece dividido entre influencers fosfo fosfo y ciudadanos atrapados dentro del tráfico eterno.
Monterrey vende modernidad mediante pasos deprimidos, líneas incompletas del metro y torres residenciales vacías.
Los hoteles celebran semejante carnaval prematuro. Habitaciones sencillas rondan entre cuatro mil y siete mil pesos durante semanas mundialistas proyectadas.
Suites empresariales alcanzan cifras obscenas cercanas a treinta mil pesos por madrugada.
Airbnb multiplica codicia mediante departamentos diminutos decorados con pasto sintético y cuadros futboleros comprados en Temu.
Un loft ordinario dentro del centro regiomontano supera doce mil pesos durante fechas importantes.
La burbuja turística flota gracias al miedo colectivo hacia quedarse fuera del espectáculo.
Saltillo sueña migajas provenientes del vecino poderoso. Restauranteros afilan cuchillos.
Hoteleros barren estacionamientos vacíos. Funcionarios municipales pronuncian palabras inglesas mediante acento aprendido dentro del TikTok empresarial.
Fan Fest parece feria patronal maquillada con marketing FIFA.
Mientras tanto, Ciudad de México respira contaminación administrativa. El INE enviará empleados hacia home office por restricciones vehiculares alrededor del instituto. Ni siquiera árbitros electorales escapan del caos vial chilango.
Capital nacional funciona mediante humo, ansiedad y café recalentado. Burócratas digitales cuidarán democracia desde salas domésticas decoradas con santos, ventiladores viejos y recibos impagables.
Israel continúa burlándose del viajante solidario rumbo Palestina. Activistas occidentales transmiten tragedias mediante historias verticales compatibles con Instagram. Bombas continúan cayendo sobre ruinas pulverizadas.
Diplomáticos organizan cenas elegantes alrededor del desastre humanitario. El mundo entero desliza dedo sobre pantalla mientras Gaza desaparece ladrillo por ladrillo.
Irán responde amenazas mediante discursos incendiarios. Misiles duermen dentro del subsuelo esperando órdenes mesiánicas. Mercados internacionales sudan petróleo.
Europa tartamudea sanciones. China calcula beneficios comerciales. Rusia sonríe desde trincheras económicas.
Luego aparece nuevamente la pelotita. Siempre aparece. Sirve como anestesia global frente catástrofes simultáneas. Sirve como misa contemporánea para pueblos agotados. Sirve como opio premium dentro del supermercado emocional latinoamericano.
Los globeros modernos jamás venden globos. Persiguen narrativas deportivas mediante fervor religioso. Coleccionan estampitas digitales. Discuten tácticas inexistentes dentro del grupo familiar.
Creen salvación nacional mediante once millonarios persiguiendo cuero inflado.
México observa precipicio económico, violencia cotidiana, sequía norteña y corrupción tropicalizada.
Aun así, miles desean fotografía junto mascota oficial mundialista fabricada dentro alguna maquiladora asiática. Las prioridades nacionales producen carcajadas histéricas.
Quizá llegue otra pandemia. Quizá jamás ocurra contagio masivo. Quizá Samuel termine fotografiado detrás barrotes federales. Quizá Monterrey colapse bajo tráfico turístico.
Quizá México caiga durante fase grupal frente selección mediocre patrocinada por refresqueras.
Nada importa demasiado.
La humanidad continúa bailando alrededor del balón incendiado. Irán afila cuchillos. Israel bombardea memorias ajenas. El ICE persigue sombras migrantes.
Saltillo organiza fiestas televisadas sin partidos propios.
El mundo entero desfila rumbo alcantarilla histórica mediante sonrisas pintadas con colores mundialistas.