Hace unos días sucedió en Saltillo una situación lamentable con un perrito que causó la indignación y movilización de colectivos y ciudadanía. Al mismo tiempo, las calles de la ciudad se llenan de indigentes, los asilos de ancianos y los cruceros de migrantes que piden ayuda.
No me malinterpreten: el maltrato animal es una crueldad inaceptable. Proverbios 12:10 lo deja claro al señalar que “el hombre justo cuida de sus animales”. La bondad hacia la creación es un reflejo de un corazón sano. Sin embargo, el problema actual no es que amemos a los animales, sino que hemos comenzado a amarlos a expensas de nuestra propia especie. Hemos creado un mundo donde humanizamos a las mascotas mientras deshumanizamos al prójimo.
Ahora déjeme contarle algo más frecuente: meses atrás vi en mi centro de trabajo que los hijos del personal (que por alguna contingencia no podían cuidarlos) tenían prohibido el acceso y debían permanecer solos en recepción hasta que terminara el turno; sin embargo, las mascotas sí podían entrar porque a alguien se le ocurrió que podían llevar a sus lomitos a la oficina.
Jesús confrontó con dureza la hipocresía de quienes se preocupaban más por rescatar a una oveja en el día de descanso que por sanar a un ser humano herido. Su pregunta sigue retumbando hoy: “¿Cuánto más vale un hombre que una oveja?” (Mateo 12:12).
Cuando una cultura borra esa línea—lo que el apóstol Pablo describió en Romanos como rendir culto a las criaturas antes que al Creador—, el valor de la vida humana se desploma.
Es más fácil y menos demandante lidiar con el afecto incondicional de un animalito que asumir el mandato bíblico de amar al prójimo, con todos sus defectos y complejidades. Pero la compasión real no puede ser selectiva ni cómoda. Una sociedad no avanza moralmente por darle derechos a una mascota o destinar recursos públicos para su comodidad, sino por cómo protege a las personas más vulnerables de su entorno.
Y antes de que se desgarre las vestiduras y quiera lapidarme, déjeme cerrar recordando que cuando las lágrimas por un animal superan la empatía por un niño hambriento o un abuelo olvidado, hemos perdido el rumbo. Es hora de volver al diseño original: un corazón lo suficientemente noble para respetar a los animales, pero lo suficientemente despierto para recordar que el ser humano sigue siendo la obra cumbre de la creación.
Como ya lo dijo Jesús: es necesario hacer esto, sin dejar de hacer aquello (Mateo 23:23).
¿Cree esto? Hable con Dios, lea la Biblia y descúbralo. Solo la Verdad nos hará verdaderamente libres.
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